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ASESINATO DE JOHN F. KENNEDY

PARTE 3.1

STAFF SOL YUCATÁN

Ciudad de México.- Muchos adultos jóvenes no habían nacido cuando varios disparos de Lee Harvey Oswald sacrificaron al jefe de la Nación más poderosa del mundo y, como en México a partir del asesinato de Colosio, comenzó en Estados Unidos una carrera demencial en busca de los tesoros que arrojan las ventas editoriales.

Hasta la fecha se ha culpado en el vecino país del norte a espías rusos, castristas, anticastristas, homosexuales, militares, narcotraficantes, líderes sindicales, Ku Klux Klan, traficantes de armas, FBI, CIA, Lyndon Baynes Johnson, etcétera, como “autores intelectuales” del magnicidio.

En fin, cada quien puede perder su tiempo como le dé la gana. Pero, permítasenos orientar a quienes no habían llegado al mundo en 1963, 22 de noviembre, cuando el veterano periodista Jack Bell, de la agencia informativa Associated Press, oyó en Dallas, desde el cuarto automóvil de la caravana presidencial, el sonido de tres cadenciosos disparos, ni uno más ni uno menos.

El sonido del primer disparo vino desde “arriba y desde la derecha, luego hubo un segundo disparo, inconfundiblemente de un fusil. Fue seguido en unos cinco segundos por un tercero”.

Se produjo un momento de silencio espantable—según el relato del reportero Alfredo Marrón, en su revista Expediente Policiaco–, roto por agudos gritos y chillidos. Un hombre veía con temor sobre su hombro hacia el edificio del Depósito de Libros.

“Para uno—indicó oportunamente Jack Bell—familiarizado con campos de tiro, los disparos sonaban como el rápido y cadencioso fuego de un fusilero experimentado, tirando, cargando, disparando de nuevo y luego por tercera vez. La serie de tiros era tan rítmica que parecía difícil que fuera obra de un hombre.

No se oyó el sonido entrecortado que casi siempre ocurre cuando uno o más hombres están disparando”.

Ya en la entrada de emergencia del Hospital Parkland “vimos al Presidente John F. Kennedy, cara abajo en el asiento trasero de la limosina, con su traje gris apenas arrugado, pero había sangre en el piso”.

A los que argumentan basándose en fotos borrosas y ambiguas que hubo un segundo tirador en algún punto de la plaza, “les pido que escuchen el sonido de tres disparos arriba y a la derecha, que resonarán siempre en mis oídos”, concluyó el periodista, refiriéndose al embuste propalado en torno a que desde un montículo herboso “alguien disparó de frente contra Kennedy”.

En Estados Unidos la verdad fue tan simple que nadie quería creerla: Lee Harvey Oswald quería destacar, ser famoso sin importar los medios, ni siquiera le interesó su familia y dejó una esposa bellísima, rubia, rusa, de ojos intensamente azules y dos hijas que realmente no conocieron a su padre.

De hecho, el magnicida no tenía intenciones, a principios de 1963, de matar a Kennedy, sólo deseaba dar muerte al general Edwin A. Walker y por ello redactó un manuscrito para despedirse de su mujer, porque suponía que en el mejor de los casos, tendría que convertirse en prófugo de la justicia, si es que no resultaba detenido o acribillado a tiros por el atentado contra el militar, agresión perpetrada con el fusil Mannlicher Carcano que utilizaría en noviembre contra el Presidente Kennedy.

De todas las especulaciones que los mercaderes del rumor han hecho surgir a lo largo de 55 años de “misterio”, una merece la atención de los lectores: la de una emboscada a base de “fuego cruzado” en Dallas, Texas.

Según los “genios” que no titubean en llenar de lodo, “gratuitamente”, a las autoridades norteamericanas, Lee Harvey Oswald “no actuó solo, sino que se coordinó con otros dos tiradores, mediante aparatos de intercomunicación y dispararon simultáneamente”.

Uno de los emboscados habría disparado desde un montículo herboso “perforando el tórax del Presidente, mientras que el segundo conjurado no pudo hacer fuego, pero Lee disparó por arriba y detrás, haciendo estallar el cráneo de Kennedy”.

Por ello, decían los embusteros, “la Comisión Warren ocultó las fotografías de la autopsia, porque desde el hospital Parkland se borraron las huellas del primer disparo, es decir, se imposibilitó saber si era de entrada o de salida el orificio que tenía en el pecho John F. Kennedy”.

También, dijeron, “se manipularon las pruebas para culpar a Lee Harvey Oswald y hacer creer a la opinión pública que hubo un solo agresor”.

La verdad es que el dictamen de autopsia, realizada en el hospital de la Armada, fue guardado por Jacqueline Kennedy durante tres años y en 1966 autorizó a los forenses que criticaban los informes de la Comisión Warren para que emitieran un dictamen objetivo, serio, formal, de alto nivel.

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