Retropoliciaca

ATENTADO CONTRA EL GENERAL WALKER

ATENTADO CONTRA EL GENERAL WALKER

Redacción/ Sol Quintana Roo / Sol Yucatán/ Sol Campeche/ La Opinión de México

CUARTA DE SIETE PARTES

El perito en grafología del FBI,  James C. Cadigna, afirmó que el apunte había sido escrito por mano de Oswald.

Según el testimonio de Marina Oswald,  el 10 de abril,  Oswald salió de la casa en que vivían entonces,  poco después de cenar.  Como a las 10.30 p.m., no había regresado.  Ella fue al cuarto de su esposo y encontró la nota que él le había dejado.  “Cuando volvió le pregunté qué había pasado.  Estaba muy pálido.  No recuerdo exactamente qué hora era,  pero era muy tarde.  Y él me dijo que no le  hiciera preguntas.  Lo único que me dijo fue que había disparado contra el general Walker”,  indicó Marina.

Oswald dijo a su esposa que no sabía si había hecho blanco.  Al día siguiente, cuando se enteró por los periódicos de que había errado el tiro,  comentó que “sentía mucho no haberle pegado”.

En febrero de 1964,  Marina declaró ante la Comisión Warren que,  cuando su marido regresó a casa la noche del atentado contra el general Walker,  le contó que lo había estado planeando durante 2 meses.  Tres días después le mostró una libreta en la que tenía unas fotografías de la casa de Walker y un mapa de la región en que estaba situada la casa.  Oswald destruyó esa libreta,  pero entre sus objetos personales se encontraron tres fotografías que Marina identificó como las de la casa del general.

En efecto,  dos de ellas habían sido tomadas desde un sitio próximo al del disparo,  detrás de la casa.  La tercera era una fotografía de la entrada cochera de la casa del general;  en ella se ve el sitio de la barda en el que el autor del atentado debió posar el rifle.  El estado de los trabajos de construcción que aparecen en el fondo de la fotografía,  permitió determinar que fue tomada entre el 8 y el 12 de marzo de 1963.  Oswald mandó pedir el rifle el 12 de marzo.  El arma le fue remitida el 20 de marzo y el atentado ocurrió el 10 de abril.  Por otra parte,  un experto logró determinar que la tercera fotografía había sido tomada con la cámara Imperial Reflex que pertenecía a Oswald.

Además de las tres fotos identificadas por Marina,  había otras dos en las que aparecía una vía de tren.  Marina declaró que creía que una de ellas estaba relacionada con la casa de Walker.  En efecto,  la fotografía había sido tomada a cosa de 1 kilómetro de la casa.  La otra,  que Marina no reconoció, había sido tomada a menor distancia.  Marina le preguntó a Lee qué había hecho con el rifle y le respondió que lo había enterrado o escondido entre unos arbustos y mencionó la vía del tren.  Algunos días más tarde,  Oswald volvió con el rifle.

Por su parte,  la policía había encontrado la bala del atentado contra Walker, pero estaba tan mutilada que resultó imposible determinar el tipo de arma que la había disparado.  Más tarde se procedió a un nuevo examen de la bala, en relación con el rifle de Oswald.

Los expertos no pudieron llegar a una conclusión totalmente positiva.  Según ellos,  nada se oponía a que la bala hubiera sido disparada por el rifle de Oswald y aun había razones probables para creer que había sido disparada por él;  pero era imposible excluir apodícticamente la posibilidad de que hubiera sido disparada por otra arma.  La Comisión Warren consideró que este dictamen,  integrado a las otras pruebas,  era un argumento más contra Oswald.

Basándose en la nota manuscrita,  en las fotografías encontradas entre los objetos de Oswald,  en el testimonio de los expertos acerca del arma del atentado y en el testimonio de Marina Oswald,  la Comisión concluyó que Lee Harvey Oswald fue el autor del atentado contra el general Walker.   El hecho de que Oswald haya atentado contra la vida de una figura de la política era un argumento válido contra Oswald en el caso del asesinato del Presidente,  y así lo consideraba la Comisión,  pero la identificación del asesino de Kennedy se basó en pruebas independientes del atentado de Oswald contra el general Walker.

Así,  se sabía que Oswald pretendía matar a Nixon y a Eisenhower,  “piratear” un avión para llegar a Cuba,  que golpeaba a su esposa y llegó a lastimar a su propia progenitora Marguerite,  que persiguió arma blanca en mano,  a su cuñada y a su hermano John,  que intentó suicidarse en Rusia y que, lamentablemente,  el maltrato hacia Marina provocó que la hermosa rubia, de ojos intensamente azules,  también pensara seriamente en quitarse la vida,  pues “Lee no dejaba de ofender y golpear a su mujer”.

La soviética no tenía amigos y se sentía “atrapada en un callejón sin salida, aunque reconocía que alguna vez ella provocó la ira de Lee,  como por ejemplo al escribirle a un exnovio para quejarse amargamente por no haberse decidido,  en su momento,  a corresponderle en forma definitiva”.

Muchos adultos jóvenes no habían nacido cuando varios disparos de Lee Harvey Oswald sacrificaron al jefe de la Nación más poderosa del mundo y, como en México a partir del asesinato de Colosio, comenzó en Estados Unidos una carrera demencial en busca de los tesoros que arrojan las ventas editoriales.

Hasta la fecha se ha culpado en el vecino país del norte a espías rusos, castristas, anticastristas, homosexuales, militares, narcotraficantes, líderes sindicales, Ku Klux Klan, traficantes de armas, FBI, CIA, Lyndon Baynes Johnson, etcétera, como “autores intelectuales” del magnicidio.

En fin, cada quien puede perder su tiempo como le dé la gana. Pero, permítasenos orientar a quienes no habían llegado al mundo en 1963, 22 de noviembre, cuando el veterano periodista Jack Bell, de la agencia informativa Associated Press, oyó en Dallas, desde el cuarto automóvil de la caravana presidencial, el sonido de tres cadenciosos disparos, ni uno más ni uno menos.

El sonido del primer disparo vino desde “arriba y desde la derecha, luego hubo un segundo disparo, inconfundiblemente de un fusil. Fue seguido en unos cinco segundos por un tercero”.

Se produjo un momento de silencio espantable—según el relato del reportero Alfredo Marrón, en su revista Expediente Policiaco–, roto por agudos gritos y chillidos. Un hombre veía con temor sobre su hombro hacia el edificio del Depósito de Libros.

“Para uno—indicó oportunamente Jack Bell—familiarizado con campos de tiro, los disparos sonaban como el rápido y cadencioso fuego de un fusilero experimentado, tirando, cargando, disparando de nuevo y luego por tercera vez. La serie de tiros era tan rítmica que parecía difícil que fuera obra de un hombre.

No se oyó el sonido entrecortado que casi siempre ocurre cuando uno o más hombres están disparando”.

Ya en la entrada de emergencia del Hospital Parkland “vimos al Presidente John F. Kennedy, cara abajo en el asiento trasero de la limosina, con su traje gris apenas arrugado, pero había sangre en el piso”.

A los que argumentan basándose en fotos borrosas y ambiguas que hubo un segundo tirador en algún punto de la plaza, “les pido que escuchen el sonido de tres disparos arriba y a la derecha, que resonarán siempre en mis oídos”, concluyó el periodista, refiriéndose al embuste propalado en torno a que desde un montículo herboso “alguien disparó de frente contra Kennedy”.

En Estados Unidos la verdad fue tan simple que nadie quería creerla: Lee Harvey Oswald quería destacar, ser famoso sin importar los medios, ni siquiera le interesó su familia y dejó una esposa bellísima, rubia, rusa, de ojos intensamente azules y dos hijas que realmente no conocieron a su padre.

De hecho, el magnicida no tenía intenciones, a principios de 1963, de matar a Kennedy, sólo deseaba dar muerte al general Edwin A. Walker y por ello redactó un manuscrito para despedirse de su mujer, porque suponía que en el mejor de los casos, tendría que convertirse en prófugo de la justicia, si es que no resultaba detenido o acribillado a tiros por el atentado contra el militar, agresión perpetrada con el fusil Mannlicher Carcano que utilizaría en noviembre contra el Presidente Kennedy.

De todas las especulaciones que los mercaderes del rumor han hecho surgir a lo largo de 55 años de “misterio”, una merece la atención de los lectores: la de una emboscada a base de “fuego cruzado” en Dallas, Texas.

Según los “genios” que no titubean en llenar de lodo, “gratuitamente”, a las autoridades norteamericanas, Lee Harvey Oswald “no actuó solo, sino que se coordinó con otros dos tiradores, mediante aparatos de intercomunicación y dispararon simultáneamente”.

Uno de los emboscados habría disparado desde un montículo herboso “perforando el tórax del Presidente, mientras que el segundo conjurado no pudo hacer fuego, pero Lee disparó por arriba y detrás, haciendo estallar el cráneo de Kennedy”.

Por ello, decían los embusteros, “la Comisión Warren ocultó las fotografías de la autopsia, porque desde el hospital Parkland se borraron las huellas del primer disparo, es decir, se imposibilitó saber si era de entrada o de salida el orificio que tenía en el pecho John F. Kennedy”.

También, dijeron, “se manipularon las pruebas para culpar a Lee Harvey Oswald y hacer creer a la opinión pública que hubo un solo agresor”.

La verdad es que el dictamen de autopsia, realizada en el hospital de la Armada, fue guardado por Jacqueline Kennedy  durante tres años y en 1966 autorizó a los forenses que criticaban los informes de la Comisión Warren para que emitieran un dictamen objetivo, serio, formal, de alto nivel.

En el Centro Médico Naval se protocolizó la autopsia en su momento: “hombre musculoso, de 1.82 metros de estatura, 170 libras de peso, cabello rojizo y abundante, ojos azules. Tenía una herida en la parte POSTERIOR del cuerpo, por encima del borde escapular superior y supraclavicular, de 4 por y 7 milímetros, de forma oval. Era el orificio de ENTRADA de un proyectil que atravesó el cuello, saliendo junto a la tráquea. El orificio de salida de esa bala no se podía apreciar, porque la traqueotomía practicada en el hospital Parkland, donde murió Kennedy, fue precisamente sobre tal región”.

Había otro  oficio de entrada por encima de la protuberancia occipital externa, con pérdida de cuero cabelludo y del hueso. Se extrajeron del cráneo dos fragmentos metálicos que eran parte de un proyectil calibre 6.5 y la conclusión a que llegó el equipo forense crítico, fue que el Presidente John F. Kennedy “recibió dos disparos que fueron hecho desde un lugar situado por detrás y encima de su cabeza. El primer proyectil no produjo una herida necesariamente mortal, afectando tan solo el cuello y la tráquea, pero el segundo proyectil destruyó un hemisferio cerebral rompiendo el seno longitudinal, lo que produjo una hemorragia masiva mortal de necesidad”.

Los proyectiles tipo Western Cartridge, calibre 6.5, fueron disparados indudablemente con el rifle italiano C-2766 Mannlicher Carcano que fue encontrado en el Texas School Book Depository Building, junto a la ventana desde la que se hicieron los disparos.

La ropa que vestía el Presidente Kennedy en el momento del atentado presentaba orificio de entrada en la parte baja del cuello, por la parte posterior, con huellas de cobre detectadas en el borde del orificio por espectrofotometría, “las fibras del borde del orificio aparecían aplastadas hacia dentro”.

El estudio de tres películas tomadas por algunas personas que presenciaban el paso de la caravana presidencial en Dallas, Texas, permitió ver en imagen el instante en que el Presidente Kennedy fue herido por dos proyectiles. La reconstrucción de la escena con la ayuda de los filmes permitió al Departamento de Balística determinar la trayectoria, el ángulo de tiro y el lugar desde donde el asesino realizó los disparos.

Las investigaciones señalaron a Lee Harvey Oswald como alienado del mundo en que vivía, aislado, frustrado, fracasado, sin relaciones verdaderamente amistosas con alguien, siempre insatisfecho de todos, imaginaba ser comandante, profeta, político, estaba seguro de llegar a ser Ministro algún día, manías de grandeza confirmadas por el testimonio de su hermosa mujer y otros familiares.

Tenía 24 años en el momento del crimen, pero su muerte violenta a manos del cabaretero Jack Ruby, quien lo agredió frente a las cámaras de televisión, impidió que dijera la verdad. Lee falleció en el hospital Parkland, donde poco tiempo antes había muerto el Presidente Kennedy. Jack Ruby también murió en ese nosocomio, de cáncer, poco después de asegurar, en idioma hebreo y en secreto, a su hermano, que jamás fue amigo del magnicida.

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