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EL ÁGORA

Octavio Campos/ SOL YUCATÁN

A pesar de los intentos por descarrilar la maquinaria del árbitro electoral, los comicios del 6 de junio se realizarán y habrá la certeza jurídica de que ganarán quienes sean favorecidos con el sufragio ciudadano, en una jornada pacífica y transparente, sin que ronde el fantasma del fraude que a priori ya anuncian los que pretenden descalificar a los órganos electorales.

Los mexicanos debemos vencer a enemigos más reales, el abstencionismo y la posibilidad de una elección de Estado. Esos son los problemas que afectan a nuestra democracia. El INE ha dado muestras de autonomía e imparcialidad, incluso el TEPJF se ha apegado al espíritu de la norma. Durante muchos años tuvimos una democracia tutelada por el gobierno, organizador de las elecciones y manipulador de los resultados. Sin embargo, hubo avances innegables. Se concedió el voto a la mujer, no por dádiva oficial sino por presión social y se fortaleció el sistema de partidos con la reforma política promovida por el ideólogo Jesús Reyes Heroles, quien posibilitó la representatividad de la oposición en el Congreso. Poco a poco el gobierno cedió espacios y se logró la ciudadanización de las votaciones gracias a la reforma de 1994 que creó el INE, órgano ajeno al poder y que instrumentó comicios transparentes con respeto a los resultados.

Ahora ese robusto organismo autónomo, facilitador de la alternancia en el poder, es cuestionado porque se quiere regresar al pasado, donde el gobierno, a través de la Comisión Federal Electoral -encabezada por el titular de Gobernación-, sancionaba los sufragios y otorgaba o quitaba triunfos. Ante el riesgo de perder el poder se hacían elecciones de Estado para garantizar el control político.

Resulta un contrasentido que quienes eran oposición hasta antes del 2018 y reclamaban elecciones libres y sin fraude, hoy quieran regresar a las viejas prácticas del partido hegemónico.

El INE es garante de nuestra democracia constitucional, del respeto al voto y a las reglas de la contienda electoral. Son los ciudadanos quienes organizan y vigilan la emisión de los sufragios, transparentan los resultados y reconocen los triunfos. Con un organismo autónomo se favoreció el 75 por ciento de alternancia en todas las disputas por cargos de elección popular y se entendió que el voto sirve no solo para elegir gobernantes, sino castigar a quienes no cumplieron con su mandato.

Se acabaron los caprichos de los hombres de poder, por ello ahora se recurre a la amenaza, a la coerción, a la pretensión de someter a un ente independiente. Primero se le presionó con la reducción presupuestal -la democracia es cara, aquí y en el resto del mundo-, después se pretendió una reforma para desaparecerlo y crear u órgano electoral a modo, como era antes con la Comisión Federal Electoral. Estamos en el punto de no retorno, ya no es válida la frase de “El Estado soy yo”, los regímenes de un solo hombre están en extinción y lo vigente es el pluralismo y la ciudadanización de la cosa pública.

Por eso es importante erradicar el abstencionismo, ese fantasma que recorre cada tres años las casillas y deslegitima a los gobiernos. Es paradójico que quienes nos gobiernan son electos por menos de un tercio de los votantes. En nuestro país, la ausencia de estos representa el 40 por ciento del padrón y el 60 por ciento de sufragios efectivos se divide entre todos los candidatos participantes, de tal suerte que el triunfador solo representa, en el mejor de los casos, a menos de un tercio de los electores. Los comicios con menos abstencionismo se registraron en 1994 con el 23 por ciento, mientras que en 2018 fue del 38 por ciento.

Con un INE independiente, Las elecciones van.

 

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