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EL FAMOSO APAGÓN

*Se efectuó cuando Submarinos supuestamente alemanes hundieron varios barcos petroleros a mediados de 1942 y México se declaró no en guerra, sino “en estado de guerra” contra los países del Eje

*La juventud de José Gregorio Cárdenas Hernández y las circunstancias terribles que según parecía habían rodeado sus crímenes, abrieron un nuevo capítulo en la historia de la criminología moderna

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México
(Cuarta de cinco partes)

Ciudad de México.- Submarinos supuestamente alemanes hundieron varios barcos petroleros a mediados de 1942 y México se declaró no en guerra, sino “en estado de guerra” contra los países del Eje.

Un comité central de Defensa Civil del Distrito Federal tardó cuatro meses en organizar un simulacro de oscurecimiento total de la ciudad, “para dificultar un posible bombardeo enemigo” y, el 7 de septiembre de 1942, a las 19:25 horas, previos e insistentes anuncios, se hizo estallar una alarma general mediante el toque de campanas de la Basílica, la Catedral y todas las iglesias, el ulular de las sirenas era amplificado por equipos de sonido, silbatazos policíacos y avisos por radiodifusión. (Fue lo que popularmente se conoció como “El Apagón” y dio pauta para una canción).

Autoridades civiles y militares comprobaron desde lo alto del Monumento a la Revolución, la coordinación para el apagón y esperaban gran repliegue informativo al día siguiente, pero se llevaron enorme sorpresa: Un exferroviario y entonces petrolero becado, en apariencia tímido e inofensivo, había ganado las primeras planas y las seguiría conquistando: era el estudiante universitario José Gregorio Cárdenas Hernández, veracruzano, de 26 años de edad, quien, el 11 de octubre de 1942, iba a recibir, en el Casino Militar, el llamado “Laurel de Ciencias Químicas”, un diploma de honor y su título de Bachiller, como premio a su extraordinaria dedicación escolar.

Una agencia informativa extranjera, Reuter, reconoció desde Washington, E.U.A., que el mexicano suspendió la atención del público norteamericano, reclamando por lo menos un interés semejante al que despertaban los diversos episodios de la “actual contienda en el mundo, la Segunda Guerra Mundial”.

Los periódicos comenzaron a publicar detalles sobre la vida pasional del estudiante veracruzano y naturalmente, produjeron una corriente de interés enfermizo en torno del detenido, cuyo sadismo se comparaba con el de personajes trágicos europeos, desde Gil de Rais hasta el último barba azul francés que pagó en la guillotina la muerte de siete mujeres.

La juventud de José Gregorio Cárdenas Hernández y las circunstancias terribles que según parecía habían rodeado sus crímenes, abrieron un nuevo capítulo en la historia de la criminología moderna y concedían al universitario el triste honor de encadenar la atención de eminencias científicas que veían en “su caso”, algo extraordinario en la historia de la vecina República del Sur, en la cual no se podía decir que personas así se hubieran producido antes, por lo menos hacía cincuenta años”, concluía la agencia Reuter.

Evidentemente, Reuter estaba equivocada, porque hubo un individuo apodado “El Chalequero”, de nombre Francisco Guerrero, quien humillaba a mujeres indefensas y les daba muerte con un puñal enorme, para arrojarlas después al río del Consulado, en la ahora ciudad de México. Detenido y consignado a la Cárcel de Belem (desaparecida en 1933) confesó que una de sus amigas lo había molestado y por ello se desquitaba con las mujeres que se burlaran de él.

El asunto de “Goyo” Cárdenas se descubrió porque su cuarta víctima sí fue buscada por la familia respectiva, no así las tres primeras, a quienes sus parientes menospreciaban y les daba lo mismo si volvían o no a casa.

El licenciado Miguel Arias Córdoba había denunciado en la Jefatura de Policía (dirigida por el general Miguel Z.Martínez), que su hija Graciela Arias había desaparecido desde el 23 de agosto de 1942, y que no obstante que la joven tenía una conducta irreprochable, se creía que había sido seducida por algún hábil individuo que la indujo a vivir con él huyendo del hogar paterno.

La familia Arias residía en Calzada Tacubaya 63. Graciela tenía 20 años de edad, estudiaba el bachillerato en Ciencias Químicas de la UNAM, la joven era blanca, estatura regular, cabello negro, ojos negros, boca chica, labios delgados, era agraciada en todos sentidos.

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