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EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI: DIRECTORES DEL PALACIO NEGRO

*A través de sus casi 76 años de vida, el Palacio Negro tuvo 48 directores, aunque el listado oficial señala que solamente fueron 47, ya que no figura oficialmente; el primero fue Bonilla Vázquez, Miguel S. Macedo y Sergio García Ramírez

*La mañana del 26 de agosto de 1976 se escuchó por última vez en ese sitio, el clásico y tradicional grito de: “A la reja con todo y chivas”, que anunciaba la liberación de algún preso

(Sexta y Última Parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO/SOL YUCATÁN/LA OPINIÓN DE MÉXICO

Ciudad de México.- A través de sus casi 76 años de vida, el Palacio Negro de Lecumberri tuvo 48 directores, aunque el listado oficial señala que solamente fueron 47 ya que no figura oficialmente el coronel Bonilla Vázquez; el primero fue el licenciado Miguel S. Macedo y el último fue el doctor Sergio García Ramírez.

Para nadie es un secreto que ninguno de los directores del Palacio Negro de Lecumberri, entre militares, abogados, doctores en derecho, fue capaz de frenar la corrupción y los vicios enquistados a través de las más de siete décadas de su existencia.

Incluso se dice que muchos de los que asumieron la dirección general del presidio, de la noche a la mañana se convirtieron en multimillonarios.

LLEGÓ A SU FIN EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI

Finalmente, la mañana del 26 de agosto de 1976 se escuchó por última vez en ese sitio, el clásico y tradicional grito de: “A la reja con todo y chivas”, que anunciaba la liberación de algún preso.

“Ese Melesio Hernández, a la reja con todo y chivas”, gritó uno de los celadores, pero el último reo de Lecumberri no salía para quedar libre, sino para ser llevado al Reclusorio Norte, recién inaugurado por el presidente Luis Echeverría Álvarez.

Tras el último preso se cerró el zaguán de grandes portones metálicos de la bella, pero siniestra construcción. Atrás quedaron casi siete décadas de horror e indignación y entre sus muros, secretos que ya nadie podría revelar.

Crujías, celdas mazmorras, calabozos, Apandos, cámaras de tortura, alimañas, bichos, sabandijas y ratas, finalmente quedaban solas, sin tener más a su merced a miles de presos para seguir sangrándolos como sanguijuelas.

Tras su clausura oficial, permaneció casi seis años cerrado al público. En ese lapso se manejaron varias hipótesis respecto a su destino; qué si iba a ser demolido, que se convertiría en museo, que un excéntrico millonario lo había comprado para montar un hotel a todo lujo, de cinco estrellas.

Su restauración llegó a su fin a medidos de 1982, es decir que tardaron casi seis años para dejarlo igual que cuando fue inaugurado en 1900.

A fines de 1982, el entonces presidente José López Portillo y Pacheco, reinauguró el Palacio Negro de Lecumberri, pero ya no como prisión, sino como el Archivo General de la Nación.

Seguía estando en el mismo lugar, pero ya no eran los llanos de San Lázaro, sino la avenida Eduardo Molina y las calles de Albañiles, San Antonio Tomatlán y, desde luego, Lecumberri.

El aspecto actual de la vetusta construcción, rodeada de jardines y fuentes, con sus enormes zaguanes, puertas y ventanales estilo gótico, sus murallas y altísimos torreones, la torre principal desde donde se observaba cualquier punto de la prisión, el aristocrático y costoso reloj inglés, sus patios adoquinados, su interior recamado con mármol y maderas preciosas, obligan a rememorar a aquellos castillos del medioevo, inexpugnables fortalezas donde los soberanos eran dueños de vidas y haciendas, igual que los carceleros cuando era el Palacio Negro de Lecumberri.

Su soberbia fachada se yergue majestuosa y continúa incólume al paso del tiempo, conserva el estilo original de las edificaciones del siglo XIX, pero ya no alberga en sus entrañas a seres humanos, víctimas de la explotación del hombre por el hombre.

Ahora es el acervo de nuestro país, donde se resguardan celosamente toda clase de documentos históricos.

Al menos en ese sitio ya no se repetirán aquellas historias de horror, pero esas sólo se trasladaron a los “modernos” reclusorios llamados pomposamente, “Centros de Prevención y Readaptación Social”, de tal suerte que una frase resume la situación actual: “¡La corrupción se descentralizó”, aún en la publicitada Cuarta Transformación.

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