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EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI: LA FARÁNDULA

*El medio artístico contribuyó con personajes que le dieron más fama: José Lepe, padre de la que figurara como cuarto lugar en el concurso de belleza “Miss Universo”, en la década de los cincuentas: Ana Bertha Lepe Jiménez

Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / La Opinión de México

(Cuarta de seis partes)

Ciudad de México.- El medio artístico también contribuyó con personajes que le dieron
todavía más fama a la temible prisión, como fue el caso de José Lepe, padre de la que figurara como cuarto lugar en el concurso de belleza “Miss Universo”, en la década de los cincuentas: Ana Bertha Lepe Jiménez.

El progenitor de la ya entonces fulgurante estrella del espectáculo dio muerte a balazos a Agustín de Anda Serrano, hijo del también actor y productor Raúl de Anda, “El Charro Negro”.

La noche del 29 de mayo de 1960, Agustín de Anda llegó con su novia Ana Bertha Lepe al cabaret «La Fuente’’, sito en Insurgentes Sur donde la actriz presentaba su show.

La también bailarina se dirigió a su camerino y Agustín hacia una mesa en donde ya se hallaba Guillermo Lepe Ruiz, padre de Ana Bertha, tomaron unas copas y comenzaron a conversar, pero poco después se enfrascaron a gritos en una fuerte discusión.

Los ánimos subieron de tono y de pronto se salieron del cabaret y en las escaleras de la «La Fuente’’, Lepe sacó una pistola y disparó contra Agustín causándole una muerte instantánea.

El padre de la actriz fue detenido y fue confinado en la penitenciaría de Lecumberri. Tras el asesinato de Agustín, la carrera de Ana Bertha se vio severamente afectada, enfrentó un boicot encabezado por Raúl de Anda al que se unieron todos los productores cinematográficos y ya no se le volvió a dar trabajo.

PACO, “EL DINAMITERO”

El cantante de ópera, Francisco Sierra Cordero, conocido a la postre como Paco “El Dinamitero”, también formó parte de la famosa galería del Palacio Negro.

Su fama le fue creada por su esposa, la actriz María Esperanza Bonfil, cuyo nombre artístico era el de Esperanza Iris, la que le doblaba la edad, ya que el incipiente cantante de ópera tenía 20 años cuando contrajo nupcias con la también conocida como “La Reina de la Opereta”.

Tras el conveniente enlace, Paco se convirtió en tenor, elevó su nivel de vida y se le abrieron las puertas de los grandes escenarios a nivel nacional e internacional, como la Scala de Milán, Bellas Artes, el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro Municipal de Río de Janeiro.

Pero su desmedida ambición y el querer liberarse del matriarcado matrimonial, lo llevarían más lejos para lo que se asoció con Emilio Arellano en proyectos que nunca fructificaron y que lo llevaría hasta la cárcel.

En 1949, Emilio con conocimientos de química y experto en explosivos, le propuso un plan llamado “Post Mortem”, consistente en contratar gente para trabajar en Oaxaca, asegurarlos por elevadas cantidades de dinero, poner una bomba en el avión hacerla explotar y después cobrar los seguros de vida.

Mediante anuncios en los diarios, ofreció el trabajo y cuando reunió a cinco prospectos, Emilio incluyó a su tío Ramón Martínez Arellano, al que hizo venir de la ciudad de Chicago para que fuera la pieza clave en el plan ya que él llevaría la bomba, sin saberlo.

Paco puso el dinero y Emilio llevó a los escogidos a las compañías para asegurarlos por 200 mil y 300 mil pesos, un total de casi dos millones de pesos, cifra estratosférica en la década de los años cincuenta.

El viaje se planeó para el 22 de septiembre de 1952, pero como el tiempo era mala, se pospuso para el 24 de septiembre. La idea era que la bomba estallara en pleno vuelo, pero que se supusiera que el accidente había sido provocado por el mal tiempo.

El avión DC-3 de la CMA saldría a las 7 de la mañana del miércoles 24. Emilio aprovechó la confianza de su pariente para cambiarle las maletas.

El artefacto estaba programado para que estallara una hora después del vuelo, a la mitad del camino, pero con lo que no contaron los dinamiteros fue que la nave salió con 45 minutos de retraso y cuando apenas llevaba 15 minutos de vuelo, se produjo el estallido.

Los daños no fueron los calculados por Paco y Emilio y tras de maniobrar exitosamente el piloto, logró aterrizar con ciertas dificultades en la base aérea de Santa Lucía, en el Estado de México.

Se iniciaron las investigaciones y finalmente se comprobó la autoría intelectual y material de Francisco Sierra y Emilio Arellano, quienes fueron confinados en el Palacio Negro de Lecumberri.

Emilio fue condenado a 30 años y Paco, gracias a las influencias de Esperanza Iris, solamente a nueve, pero aun así interpuso el recurso de apelación, con lo que se temía que en saliera pronto de prisión, pero contrario a lo esperado le fue aumentada su pena a 29 años.

Emilio murió en prisión, mientras que Paco fue trasladado el 11 de noviembre de 1965 a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, de donde saldría en libertad el uno de junio de 1971, merced a las reformas legales durante el gobierno de Luis Echeverría, que contemplaban el trabajo en prisión, la buena conducta y labores en beneficio de la comunidad.

JOSÉ LUIS PAGANONI, VERDUGO DEL ACTOR RAMÓN GAY

Tras varios problemas conyugales con su esposo, el ingeniero José Luis Paganoni, la artista Evangelina Elizondo López, decidió separarse de él a principios de 1960.

Por varios meses la buscó para intentar que reanudaran sus relaciones, pero la famosa actriz y cantante no quiso por lo que terminó divorciándose.

La noche del 28 de mayo, el ingeniero Paganoni fue al cabaret Terraza Casino, donde estuvo ingiriendo licor por varias horas y después se dirigió a la casa de su ex esposa, Evangelina, en las calles de Río Rhin, en el número 59, de la colonia Cuauhtémoc.

Horas antes, Evangelina había aceptado la invitación a cenar del actor Ramón Gay, al restaurante Paseo. Ramón fue a la casa de Evangelina y la llevó al restaurante, Horas después regresarían a la casa de la actriz.

La también cantante, declararía que cuando regresaron a su casa y aun estando a bordo del automóvil, vio como una sombra y después golpearon fuertemente el parabrisas. Cuando Ramón abrió la portezuela para descender y averiguar qué ocurría, una mano sujetó por los cabellos a Evangelina y a rastras la sacó del vehículo, a la vez que le propinaba una tremenda bofetada.

Ramón Gay intervino en defensa de la mujer y se trenzó a golpes con el individuo, que saca un arma y le disparó a quemarropa. El primero balazo rebotó en la banqueta, el segundo lo hirió en la muñeca y le atravesó el reloj, dos más se incrustaron en el muro del edificio y el último le atravesó el pecho.

El ingeniero Paganoni huyó durante un mes hasta que finalmente se presentó de manera voluntaria ante las autoridades y admitió su crimen, argumentando que sorprendió a su esposa en “actos inmorales” con el actor en el interior del automóvil.

Que como aún amaba a la que fuera su mujer, se ofuscó y le reclamó al actor y cuando éste lo agredió le disparó. Fue enviado a Lecumberri y condenado a 10 años de prisión, que compurgó completos hasta que en 1970 abandonó el penal y no se volvió a saber nada más de él.

EXPLOTACIÓN LABORAL DE REOS

Los sueldos de los reos que desempeñaban algún oficio en los talleres de la prisión, instalados en su totalidad hasta después de 50 años de haber sido inaugurado el Palacio Negro de Lecumberri, era de dos pesos diarios por jornadas de 12 horas de trabajo.

En la década de los setentas lo aumentaron a ocho pesos y ya en los ochentas. llegaría hasta los 40 pesos al día por el turno de 12 horas laborales.

Infinidad de artículos y diversos objetos eran producidos dentro de los talleres del penal, entre salas recámaras, escobas, uniformes, zapatos, bancas, prendas de vestir, joyería, bisutería, artesanías de distintos materiales, cobijas, juguetes de madera, llaveros, etcétera.

Todos los artículos que ahí se fabricaban, eran comercializados de manera monopólica por la empresa PRODINSA. Ese organismo, dependiente en ese entonces de la Secretaría de Gobernación, era el que comercializaba y administraba la producción de los presos, con el fin, supuestamente de que fueran los mismos reos los que costearan su estadía en prisión, dejaran de ser una carga para el Estado e incluso hasta para resarcir el daño a la parte ofendida.

La intención era buena, pero desafortunadamente sólo sirvió para que funcionarios sin escrúpulos se volvieran millonarios de la noche a la mañana, ya que a los presos se les daba una miseria por su trabajo y ellos se quedaban con el 90 por ciento de las ganancias, por lo que tuvo que ser suprimida la concesión y el Estado volvió a cargar, como hasta la fecha, con la manutención de los reclusos.

Otra acción que iba en perjuicio de los reos era el escandaloso tráfico de víveres destinados para la elaboración del “rancho” (comida para los reos), que iban a parar a bodegas de cadenas comerciales o en lujosas cocinas de las mansiones de altos funcionarios gubernamentales.

Esa deleznable práctica, como muchas otras más, siguen imperando en las prisiones, sólo qué con cambio de nombre, por ejemplo, ahora se le llama “Barco”.

Es común que cuando llega la carga de provisiones a las cárceles, llamadas ahora rimbombantes “Centros de Prevención y Readaptación Social”, tanto los altos directivos como los celadores, ahora llamados custodios o técnicos penitenciarios, corran la voz de que “ya llegó el barco”.

Los altos funcionarios carceleros utilizarán sus autos o vehículos de la misma Subsecretaría del Sistema Penitenciario para sacar de la prisión lo mejor de los víveres y llevárselos a sus casas o bien para venderlos a algún comercio con el que previamente establecieron tratos.
Por su parte, los jefes de vigilancia también usarán vehículos para saq
uear las bodegas del reclusorio y hasta los más modestos custodios, saldrán con su mochila con “el barco” a cuestas, es decir, con carne, embutidos, queso, chorizo, frutas y todo lo que puedan llevarse hasta dejar vacía la alacena de los reos.

TAMBIÉN FUE CÁRCEL DE MUJERES

Fue cuando nacieron los famosos “Robachicos”. Antes de que se construyera la Cárcel de Mujeres en la carretera México-Toluca y el Tribunal para Menores en la colonia Narvarte, en la Ciudad de México, el Palacio Negro de Lecumberri también sirvió para albergar a mujeres y menores de edad, responsables de hechos delictivos.

En el rubro femenino, cabe destacar que el 95 por ciento de las encarceladas fue por delitos menores, solamente unas cuantas, por la trascendencia de su ilícito o por la manera de cometerlo recibieron condenas largas y sus casos fueron conocidos por la opinión pública.

A principios de la década de los años cincuenta, dos mujeres, Adela Lara y María Luisa Vázquez de Real se convirtieron en terribles secuestradoras de niños entre los cuatro y nueve años de edad.

Nacía la banda de los “robachicos” que tanto temor causó entre los padres que utilizaban ese término para asustar a sus pequeños y que éstos obedecieran, “hay viene el robachicos y te va a llevar”.

Los niños eran vendidos en 10 pesos a una despiadada banda de maleantes sin entrañas que los mutilaban, les cortaban algún miembro o hasta le sacaban un ojo, les cercenaban la lengua o los dejaban inválidos a golpes para ponerlos a pedir limosna en sitios públicos, sobre todo a las afueras de las iglesias.

La ola de secuestros de menores se extendió a lo largo y ancho de la Ciudad de México, el escándalo creció paulatinamente hasta volverse un clamor y una exigencia de angustiados padres de familia que exigían fuera detenido el robo de infantes.

La captura de las mujeres no fue resultado de una ardua investigación, sino gracias a la escapatoria de un pequeño de siete años de edad, llamado Ernesto, que había sido secuestrado un año antes y a quien le habían roto un brazo para dejarlo inválido y convertirlo en limosnero.

El niño logró evadirse de un cuartucho localizado en la zona de Nonoalco y por varias horas vagó por las calles, sin saber a dónde ni con quién acudir hasta que lo encontraron unos gendarmes quienes al verlo tan angustiado lo auxiliaron y el menor les contó su odisea.

Los policías dieron cuenta a sus superiores y de inmediato se montó un operativo y en cuestión de horas se logró detener a María Luisa y a Adela, quienes terminaron por confesar sus culpas y proporcionaron los datos necesarios para capturar a los sujetos que compraban a los menores para mutilarlos.

Las mujeres fueron ingresadas al Palacio Negro de Lecumberri, donde al enterarse el resto de la población del por qué habían sido encarceladas, trataron de lincharlas, por lo que fue necesario que las confinaran en celdas separadas y con vigilancia extrema.

Aun así, Adela fue muerta a golpes y a “puntazos” (puñaladas con varillas afiladas) dentro de la crujía, mientras que María Luisa sí logró sobrevivir dos años más hasta que murió en la misma prisión, víctima de tifoidea.

DE DIRECTOR GENERAL A “HUÉSPED DISTNGUIDO”

Entre las “celebridades” que estuvieron presos en el Palacio Negro de Lecumberri, como señalamos al principio, también figuró un directivo de la misma penitenciaría: El coronel Pedro Bonilla Vázquez, a quien se le comprobó haber recibido fuertes cantidades de dinero por permitir la fuga del traficante de drogas y defraudador, el uruguayo-argentino Alejandro Lezoni D’almagro.

Para presos, policías, jueces y litigantes fue todo un espectáculo, aunque deprimente, ver a todo un director del terrible Palacio Negro de Lecumberri con su traje a rayas y tras las rejas.

Más vergonzante aún, por tratarse de un militar que en los momentos de su captura gestionaba su ascenso para general de Brigada.

Otra personalidad que formó parte de la galería de presos famosos fue Juan Nepomuceno Izquierdo, quien fungía como titular del Juzgado Séptimo Penal.

Abrumado por las deudas y sin encontrar mejor solución a la mano, de la noche a la mañana desapareció del recinto judicial y como pasaron varias semanas sin que se supiera de él, el Tribunal Superior de Justicia ordenó al secretario de acuerdos asumiera el cargo, ante la ausencia del titular.

Uno de los casos que le tocó conocer el nuevo juzgador, originó que fuera abierta la caja fuerte y fue entonces cuando se notaron que había un faltante de 150 mil pesos del dinero de las fianzas y cauciones de los procesados.

El mismo tribunal solicitó a la Procuraduría de Justicia del Distrito y Territorios Federales se hicieran las investigaciones y días después el juez fue ubicado y detenido en Huatulco por agentes de la Policía Judicial Federal y llevado a la misma cárcel donde fungiera como máxima autoridad.

Cuando llevaba varios meses tras las rejas, a través de sus abogados devolvió el dinero, pero de todas maneras fue sentenciado a cinco años de prisión, de los cuales permaneció en prisión sólo tres, “por buena conducta”.

“LOLA LA CHATA”

Por no sólo criminales famosos traspusieron las puertas del infierno, como le llamaban a los portones metálicos, pintados de un verde olivo, colocados a la entrada de la siniestra prisión, sino también mujeres aunque de reprobable notoriedad como fue el caso de Dolores Estévez Zuleta, mejor conocida como “Lola La Chata”, “La Emperatriz de las Drogas” o “La Abeja Reina”, por estar rodeada de zánganos que la exprimían con su dinero o con la misma droga que vendía.

Poco o nada agraciada por la naturaleza, de menos de metro y medio de estatura, morena, regordeta, de facciones toscas, desde antes de los 18 años se dedicó a la prostitución y a la venta de marihuana, que disfrazaba con un puesto donde vendía “pancita” en el callejón de Roldán, en La Merced.

Sin embargo, no dejaba de ser sólo una de tantas traficantes de poca monta, sin importancia y tal vez hubiera seguido así, de no atravesarse en su camino otra mujer de antecedentes criminales más negros: Petra Flores, “La Zacatera”; madre de Lázaro Mejía Flores, “El Barril Chico”, uno de los más importantes lenones y narcotraficantes de aquella época, quien la tomó como su discípula.

Pero la alumna superó a la maestra y en poco tiempo “Lola La Chata” ya había fundado todo un imperio de drogas y prostitución, teniendo bajo su mando a decenas de padrotes y prostitutas que le reportaban fuertes ganancias no sólo por el comercio carnal, sino por la venta de droga.

Para ello ya había tejido toda una red de protección de autoridades corruptas que la dejaban “trabajar” sin molestarla.

La misma historia de siempre, cuando se iba a realizar un movimiento en su contra, era avisada con anticipación, de tal manera que al llevarse a cabo el operativo, “Lola La Chata” ya estaba a salvo y por lo mismo evadía una y otra vez a la justicia.

Así, de la noche a la mañana, Dolores Estévez desplazó a “La Zacatera” y se convirtió en la “Reina de la Droga” y, según se dice, en las décadas de los cincuentas llegó a amasar una fortuna de más de 50 millones de pesos.

Uno de sus puntos débiles era su afición por los hombres jóvenes, bien parecidos, era común verla en compañía de tal o cual cinturita que le cobraba los favores sexuales lo mismo en dinero que en droga, de ahí el mote de “La Abeja Reina” por estar rodeada de zánganos a los que mandaba eliminar cuando los sorprendía con otra mujer, situación que se repetía frecuentemente.

Sin embargo no todas las autoridades estaban compradas por Dolores, entre ellos el comandante de la Policía Judicial Federal, Armando Valderrain Aldama, quien terminó por aprehenderla.

Al verse perdida, delató a sus cómplices, uno de ellos era el jefe de narcóticos de la citada Judicial Federal, Humberto Mariel Lazo, al que daba una cuota semanal de 50 mil pesos por “protección”, una verdadera fortuna en aquella época.

Fue enviada a Lecumberri y sentenciada a 15 años de prisión, condena que no cumplió pues a los pocos meses se le trasladó del Palacio Negro a las Islas Marías, donde murió víctima de una severa infección renal provocada por el exceso de consumo de droga.

“¡AY… MIS HIJOS”

La reencarnación del personaje de leyenda de la época colonial, “La Llorona”, fue protagonizado por una mujer de nombre María de la Luz Martínez Sánchez, quien estranguló a sus tres hijos no sin antes torturarlos con quemaduras de cigarros y con la plancha caliente, para finalmente arrojar los cuerpos al Gran Canal.

Sin embargo, fue descubierta por una de sus vecinos de la colonia Juan González Romero o la colonia de “El Sapo”, quien dio aviso a la policía y horas después la capturaron.

En sus declaraciones ante el juez que le instruyó la causa penal, la mujer dijo que había matado a sus hijos “para que no sufrieran”, ya que estaba tan pobre que no tenía siquiera para darle de comer, aunque jamás explicó porque los cuerpos presentaban huellas de tortura.

Fue encarcelada y según testimonio de compañeras de reclusión se la oía gritar y llorar por las noches, llamando a sus hijos para que la perdonaran.

A sólo dos semanas de estar en prisión, la descubrieron colgada de los barrotes de su celda. La explicación que dieron las autoridades fue que no había soportado los remordimientos y terminó por suicidarse; sin embargo, se rumoraba que las mismas reclusas habían dado muerte a la mujer al saber el motivo por el que la habían encarcelado.

“LOS MATA-MUERTOS”

Dentro de presidio, nació una singular banda de delincuentes llamada “Los Mata-muertos”. Su sistema de operar era echarse la culpa por algún crimen o bien matar a tal o cual presidiario por encargo a cambio de dinero.

Los que conformaron esa gavilla de asesinos llegaron a formar un verdadero sindicato del crimen. Eran reos que acumulaban condenas no menores a los 100 años por diversos delitos, es decir que estaban ciertos que no saldrían con vida de prisión, así que les daba lo mismo estar sentenciados a 100 que a 500 años.

Por lo mismo, no les importaba sumar otra condena a su historial, de tal manera que siempre estaban alertas del grito, “quiero un mata-muertos”, proferido por algún reo que quería asesinar alguien o bien acaba de matar a otro recluso.

En el primero de los casos, se organizaba toda una cacería para dar muerte al señalado, mientras que en el segundo la acción se limitaba solamente a tomar el arma homicida, bien el puñal, la punta (un pedazo de varilla afilado), mancharse de sangre y echarse la culpa del asesinato.

Lógicamente, se les iniciaba otro proceso y seguramente le condenarían a otros 20 años de prisión, pero si ya estaban muertos en vida, conscientes de que jamás saldrían vivos de la cárcel qué podría importarles otra sentencia más.

Esa práctica sigue dándose en los reclusorios actuales, pero ya no se les llama “Mata-muertos”, sino ahora “Pagadores”, en referencia a que van a pagar las culpas de otro.

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