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EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI: MAYORES Y COMANDOS

*Modelo de prisiones en el mundo, según el régimen de la época porfiriana sirvió también como escenario de dos arteros crímenes políticos, en contra de los ilustres personajes revolucionarios Francisco Ignacio Madero González y José María Pino Suárez

*El 22 de agosto de 1940 fue asesinado con un piolet el organizador del Ejército Rojo, León Trostky ¿Su asesino? Un sujeto de origen moscovita, miembro de la KGV -Policía Secreta de la Unión de Repúblicas Socialistas, RSS-, quien aseguró ser de nacionalidad francesa

*Uno de los principales pintores muralistas de México, José de Jesús Alfaro Siqueiros, mejor conocido como David Alfaro Siqueiros, recalcitrante luchador socialista-comunista también fue huésped distinguido de la cárcel de cárceles

Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / La Opinión de México
(Segunda de seis partes)

Ciudad de México.- El término de “Mayor”, era el nombre dado a los sujetos que coludidos con las autoridades del penal mandaban y disponían en las crujías, cometiendo toda clase de vejaciones, incluidos los asesinatos y el nombre se remonta a los tiempos de la Revolución.
Según algunos de los presos con más años en el Palacio Negro hubo un militar de apellidos Encinas Crespo que se decía mayor del Ejército y que había sido confinado por homicidio.
Este sujeto, corpulento y de aspecto fiero, imponía por la fuerza su voluntad y llegaba hasta el crimen contra los que se atrevían a oponérsele. Implantaba la ley del más fuerte, de ahí que a los reos más crueles y temibles que se apoderaban del mando en la crujía. Se les empezó a conocer como “mayores” y a sus segundos, que debían ser iguales o más sanguinarios que su jefe, como “comandos”.
Ésta práctica de extorsión, como muchas otras más, sería heredada a las posteriores prisiones, ahora reclusorios, sólo qué con cambio de nombre, ya no sería “mayor”, sino “padrino” o “la mamá”, pero con los mismos vicios.
MADERO Y PINO SUÁREZ SACRIFICADOS
La Penitenciaría de Lecumberri, modelo de prisiones en el mundo, según el régimen de la época porfiriana sirvió también como escenario de dos arteros crímenes políticos, en contra de los ilustres personajes revolucionarios Francisco Ignacio Madero González y José María Pino Suárez, cuya ejecución, ordenada por el usurpador José Victoriano Huerta Márquez se llevó a cabo en al campo deportivo del Palacio Negro de Lecumberri.
Con esos hechos, curiosamente no registrados en los anales de la historia oficial de la Penitenciaría de Lecumberri, el pueblo supo de firme que el nuevo penal no sólo serviría para castigar a los malhechores, sino también para eliminar enemigos políticos, postura
que se reconfirmaría 55 años después con el encarcelamiento o aniquilación de líderes del movimiento de 1968.
LA LEY FUGA
La pena de muerte fue implantada en nuestro país en 1913, lo que originó una notoria disminución de hechos delictivos, aunque en realidad el número oficial de ejecutados fue mínimo.
Fue otra pena de muerte no especificada en el Código Penal, la famosa “Ley Fuga”, la que cobró gran número de víctimas a manos de celadores y vigilantes, quienes tras darle confianza al reo lo convencían que huyera y que le ayudarían en su escapatoria, aunque finalmente terminaba por ser cazado, ya que le disparaban cuando éste estaba a
punto de lograr su cometido.
El argumento para justificar los balazos por la espalda era que había sido descubierto cuando escapaba y a pesar de que le habían marcado el alto no obedeció y por lo mismo tuvieron que abrir fuego.
Esa modalidad de aplicar la pena de muerte provocó que constantemente se repitieran hechos similares, qué en 1933, el entonces presidente Emilio Portes Gil dispuso la derogación de la pena máxima, ordenamiento que concluyó el posterior mandatario de la Nación, Pascual Ortiz Rubio.
La última ejecución por fusilamiento fue la de José León Toral, en 1928, quien asesinara a Álvaro Obregón Salido, “El Manco de Celaya”, a su vez vencedor de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como Francisco Villa, “El Centauro del Norte”.
La sentencia fue cumplida en la muralla norte del Palacio Negro. Al caer abatido León Toral por la descarga de los fusiles el capitán Juan Arévalo al frente del pelotón, al tiempo que reía de manera siniestra, se encaminó hacia el caído y le dio el tiro de gracia.
DISTRIBUCIÓN DE PRESOS
La crujía de turno era la “H”, donde permanecían los inculpados por espacio de 72 horas, al término de las cuales bien los liberaban por falta de pruebas, cosa que casi nunca ocurría, o se les dictaba el auto de formal prisión y se les destinaba a la crujía que les correspondía, de acuerdo al delito cometido.
Sin embargo, no todos los presuntos responsables a los que se les había dictado la formal prisión llegaban “hasta abajo”, como decían los reos más viejos, sino que muchos alcanzaban a salir con fianza o bajo caución y así se libraban de trasponer las “puertas del
infierno”, como calificaban los presos al enorme zaguán metálico de la penitenciaría.
Pero para los que se quedaban, la distribución era la siguiente: Si se trataba de un ladrón común y corriente, le correspondía la crujía “E”; pero si era un hecho de sangre lo mandaban a la crujía “D”.
En el caso de tráfico de drogas, en cualquiera de sus modalidades, si se trataba solamente de un “pez chico” le tocaba la “F”, pero sí en cambio el sujeto en cuestión era considerado como alguien poderoso y con recursos, se le destinaba la “I”, donde también eran confinados prominentes banqueros, acaudalados comerciantes y empresarios y hasta
políticos.
Los grandes delincuentes, entre defraudadores, estafadores, evasores o narcotraficantes de primer nivel eran recluidos en la crujía “L”, de la que se fugó el cubano Alberto Sicilia Falcón, a quien se le relacionó con la artista chiapaneca Irma Consuelo Cielo Serrano Castro, mejor conocida como “La Tigresa” Irma Serrano, cuya historia merece un capítulo aparte del que nos ocuparemos más tarde.
Las crujías “B” y “G” albergaban a los que cometían delitos de índole sexual y, paradójicamente, la “J” era habitada por homosexuales llamados en aquel tiempo por la población penal como “Jotos”.
Poco después de la década de los setentas, las crujías “M” y “O” fueron destinadas para los reos incorregibles o los presos políticos.
Ya para entonces El Palacio Negro de Lecumberri era toda una industria sin chimeneas y eran los “mayores” y “comandos” los que se encargaban desde el principio, de “autorizar” y distribuir drogas en todo el penal y de toda clase de abusos, vejaciones y demás para vender “protección” y obtener grandes sumas de dinero del grueso de la población carcelaria.
Disponían de los bienes materiales y de la vida de los reos sin que nadie lo impidiera y ellos mismos otorgaban canonjías a quienes podían cubrir las millonarias extorsiones y se ensañaban con los más miserables, precisamente para demostrar a los demás qué les podía pasar si no pagaban.
Nunca se imaginó el gobernador Rafael Rebollar, vestido elegantemente de levita y sombrero de copa, que su discurso inaugural resultaría contradictorio y absurdo al paso del tiempo, pues ya en la década de los setentas se cotizaba una celda en la crujía “L”, en 100 mil pesos mensuales.
En ese lugar se podía disponer de cualquier lujo, equiparable solamente a los que se podían obtener en hoteles de cinco estrellas, además de toda clase de droga, desde mariguana hasta heroína y cocaína, aunque, desde luego, a precios muchísimo más elevados.
El reverso de la medalla eran los “erizos”, también llamados “hios de Francia”, es decir aquellos presos que no podían pagar ni siquiera tres mil pesos a la semana para poder compartir una celda de cinco por siete metros cuadrados en compañía solamente de media docena de compañeros de reclusión.
Entonces los enviaban a la crujía “E”, donde tenían que compartir el reducido sitio hasta con 30 reos. El hacinamiento era tal que ni siquiera podían dormir tirados en el suelo, sino amarrados a los barrotes de la celda para ocupar menos espacio. Esa situación se observa aún en la actualidad en los reclusorios capitalinos que siempre están sobrepoblados y aunque no sea así, amontonan a todos los “erizos” para poder contar con espacios que vender a los reclusos pudientes.
MINIHUERTOS DE MARIGUANA EN CAMPOS DEPORTIVOS
Por otra parte, siempre se ha dicho que el deporte es lo mejor que puede haber para alejar a los jóvenes de la droga y muchos presos de los de aquél entonces así lo entendieron, pero un tanto cuanto tergiversado.
Se volvieron adictos a todo tipo de disciplinas deportivas, lo mismo fútbol soccer, que basquetbol, volibol y fútbol americano y se encargaron de acondicionar los campos para las prácticas.
Y, efectivamente, los campos lucían arreglados, limpios, en excelentes condiciones y además adornados con sembradíos verdes en derredor de los mismos, lo que les daba un aspecto mucho más deportivo.
Pero, nunca falta el pero, hubo unos celadores metiches que descubrieron que las matas alrededor de los campos eran de mariguana (por cierto, ahora permitida para uso “recreativo”) y acabaron con las inclinaciones de los improvisados agricultores que ya habían cultivado sus “aptitudes” en pequeñas macetas que llevaban a sus celdas.
Ello dio pie a repentinos y sorpresivos cateos donde lo mismo se requisaban macetas que “puntas”, charrascas y otras armas blancas improvisadas, así como botellas de licor y demás objetos prohibidos y no prohibidos, pues esos dispositivos lo aprovechaban los celadores para llevarse cuanto pudieran y después volverlos a venderlo al mejor
postor.
Lo curioso de los decomisos era que los celadores arrasaban con todo lo que encontraban, legal o ilegal. La vigilancia se estrechaba por algunos días hasta que la situación se relajaba y entonces los mismos vigilantes revendían lo asegurado a los presos, sólo que a un precio
mucho más elevado.
PULQUE CASERO
Como el licor era demasiado caro en el presidio, pese a que se podía conseguir fácilmente con los mismos celadores por tan sólo un 500 por ciento más del precio original, los reos, principalmente de las crujías “E” y “J”, de los “erizos” y homosexuales, respectivamente, elaboraban ellos mismos su vinillo generoso para hacer más llevadera su reclusión y al mismo tiempo, para hacer negocio.
El llamado “pulque casero”, era producido en garrafas de 18 litros las que llenaban a la mitad con alcohol del 96, agregándole una “pasta” a base de plátanos sin cáscara, papas crudas, azúcar y pasas, dejándolo “añejar” por unos 15 días.
El litro de dicha bebida “de moderación”, costaba solamente 20 pesillos en 1970.
Ahora bien, había del “blanco” y del “curado”, éste último era aderezado con una mezcla especial de medio kilo de mariguana, molida, y mucho más alcohol. Esta auténtica bomba causaba verdaderos estragos entre los presos y hasta en los celadores que gustaban de departir con los reos. No había un sólo presidiario ni vigilante que aguantara de pie un litro del poderoso brebaje.
EL CENTAURO DEL NORTE
Un nuevo preso dio mayor celebridad al ya de por sí temible Palacio Negro; se trató de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como el temido revolucionario “Pancho Villa”, quien por órdenes del dictador José Victoriano Huerta Márquez fue detenido y confinado por varias horas en la crujía “L”.
Antes de mediodía fue trasladado a la cárcel de Santiago Tlatelolco y todo apuntaba a qué por órdenes del general Huerta, se le formaría Consejo de Guerra y se le fusilaría.
Sin embargo, de nueva cuenta sólo duró unas horas en dicha cárcel, pues se dice que ayudado por algunos de sus seguidores que también estaban en prisión, escapó sin que nadie supiera la manera cómo lo hizo.
Al respecto, nadie hizo escándalo por la fuga e incluso los detalles de dicha evasión son y tan vagos y que ni siquiera figura en la historia de Lecumberri ni de Tlatelolco.
CARGO HASTA CON EL PERICO
El adagio popular de “cargó hasta con el perico”, fue una deformación de hechos verídicos protagonizados por Luis Romero Carrasco, quien en venganza porque su tío Tito Basurto, dueño de la pulquería “Las Glorias de Gaona”, localizada en el barrio de La lagunilla, lo despidiera de su cargo de jicarero por borracho y abusivo, ya que en varias ocasiones se apropió del dinero de la cuenta.
Furioso, Luis Romero quien juró vengarse, abandonó el local y le advirtió a su tío que regresaría a matarlo, por la humillación que había sufrido frente a sus amigos.
Así de simple, había decidido matarlo y robarlo.
Durante varios días vigiló la casa, ubicada a espaldas del negocio y cuando creyó que su tío estaba solo se metió dispuesto a todo. Al señor Basurto lo sorprendió en su recámara y, prácticamente, lo coció a puñaladas, pero ante los gritos de auxilio corrieron presurosas dos de sus tías y dos sirvientas.
Pero su presencia sólo sirvió para enfurecer aún más a Luis, quien arremetió a cuchilladas contra las mujeres y convirtió aquello en una carnicería.
Ya sin testigos, se tomó el tiempo necesario para buscar en toda la casa apoderándose de todo lo de valor, incluso de una caja fuerte que contenía millón y medio de pesos, una fortuna incalculable en aquellos tiempos.
Cuando salía con el botín, dejando atrás una estela de sangre y muerte, escuchó que lo llamaban por su nombre. Regresó para acabar con el intruso y fue cuando se dio cuenta que se trataba del perico de su tío, aun así, ante el temor de que fuera descubierto por el parlanchín loro, también lo mató a cuchilladas.
Se hicieron las investigaciones y su captura resultó sencilla, toda vez que Luis se dedicó a derrochar el dinero a manos llenas, por lo que fue ubicado y detenido.
El terrible crimen se conoció públicamente y el pueblo, cada vez que alguien se excedía en sus crímenes o robos o cualquier delito, aplicaban al dicho de: “Cargó hasta con el perico”.
Luis fue llevado inicialmente a la Penitenciaría de Lecumberri y posteriormente trasladado a las Islas Marías, donde a los pocos días fue acribillado a tiros por los guardianes que lo descubrieron cuando pretendía darse a la fuga.
PROSTITUCIÓN A DOMICILIO
Por muchos años, el “Palacio Negro de Lecumberri” representó un filón para algunos empleados y funcionarios, así como para buen número de damas de la vida galante que los fines de semana vestían sus mejores galas y se esmeraban en su arreglo personal, pero no para trabajar en las zonas de tolerancia de aquellos tiempos, como Rayón, Callejón de
los Pajaritos, Órgano, Peñón y otros puntos del Centro Histórico.
El punto de reunión de las mujeres era la penitenciaría, a la que llegaban puntualmente todos los sábados y domingos para, mediante una cuota de 50 pesos (estratosférica cantidad en 1950), ingresar a la prisión sin ninguna dificultad.
Así, las celdas se convertían en escenarios de verdaderas bacanales y orgías, lo mismo con reclusos que con celadores y hasta funcionarios de alto nivel que también exigían su “cuota” en especie para hacerse disimulados.
Las suripantas obtenían pingües ganancias y fácilmente reponían con creces lo invertido ya que no sólo vendían amor, sino también licor, drogas y hasta armas.
CHILES RELLENOS CON MARIGUANA
Referente a las drogas, el hampa siempre se ha caracterizado por emplear las más insólitas artimañas para para meterlas a la cárcel, contando en una gran mayoría con la complicidad de los guardianes.
Los días de vista era común observar cómo llegaban los familiares de los reos con una extensa variedad de exquisitos platillos, para hacerlos olvidar el tradicional “rancho” del penal que tenían que comer los presos durante su reclusión.
De esa manera, figuraban deliciosos guisos, principalmente los chiles rellenos, huatzontles, peneques, albóndigas, pescados asados y otros suculentos platillos, pero siempre aderezados con algún relleno.
Y ahí era precisamente en los huecos, habilidosamente escondían la mariguana, droga de mayor consumo en aquel tiempo, o bien cocaína o heroína, estupefacientes sólo para reos de elevado poder económico.
Los que se convertían en verdaderos gourmets (expertos catadores de platillos), era los celadores qué con el pretexto de revisar la comida, se daban opíparos banquetes, pues tenían que comprobar personalmente que los platillos no llevaran escondida ninguna droga.
HERMOSAS “BURRITAS”
En otras ocasiones, el sistema empleado para introducir era diferente, merced a la manera cómo se llevaban a cabo las revisiones en principio.
La inspección corporal la realizaba personal masculino, por lo que una mujer no podía ser revisada estrechamente, lo que era aprovechado por las visitantes que introducían la droga escondida en sus partes íntimas.
Como no daban con la solución para evitar el tráfico de drogas, los directivos del penal intensificaron la vigilancia, cambiaron de táctica y descubrieron la manera como era metida la droga a la cárcel.
Se formó un grupo especial de inspección y revisión, formado única y exclusivamente por mujeres celadoras a las que encargaron llevar a cabo las revisiones más a fondo.
De esa manera, detectaron decenas de casos en los que descubrieron que las visitantes llevaban escondida la droga en pequeños tubos metálicos que se metían en la vagina e incluso en el recto.
Aparentemente, se había dado con la clave para evitar ese tipo de tráfico, pero de todos modos siguió entrando gran cantidad de enervantes al penal, incluso al paso de los años cambió el nombre de “burras” o “mulas” por el de “camión de aguacates.
Los presos escuchaban que había llegado el “camión con los aguacates”, que no era más que el mismo sistema, a diferencia de que la droga era oculta en pequeños envoltorios, del tamaño de un aguacate, que también escondían en sus partes íntimas.
HUÉSPEDES DISTINGUIDOS
Entre los presos “célebres” estuvo el narcotraficante norteamericano John Grossman, apodado “El Mil Caras”, quien se hizo la cirugía plástica en más de 20 ocasiones para eludir a la justicia.
El truco si le funcionó en muchas ocasiones, pero siempre lo perdió su debilidad por los cabarets lujosos, el buen vino, la ropa fina y las mujeres bellas, ya que los agentes, sabedores de las aficiones del “Mil Caras”, enfocaban sus baterías a identificar a los clientes más distinguidos de los tugurios de moda y así, fácilmente terminaban por localizar a John y lo regresaban a chirona.
LEÓN TROSTKY

El 22 de agosto de 1940 fue asesinado con un piolet el organizador del Ejército Rojo, León Trostky. ¿Su asesino? Un sujeto de origen moscovita, miembro de la KGV (Policía Secreta de la Unión de Repúblicas Socialistas -URSS-), quien aseguró ser de nacionalidad francesa.
Durante el juicio, el asesino dijo llamarse Jacques Monard, Frank Jackson y Ramón Mercader, como el crimen tuvo un cariz político, el autor fue confinado inicialmente en una celda especial de una cárcel en Coyoacán, jurisdicción donde se cometió el asesinato, ya que se temía que fuera víctima de un atentado si lo llevaban al Palacio Negro de Lecumberri.
No obstante, luego de varios meses fue transferido a la citada penitenciaría, donde permaneció recluido durante más de 20 años hasta que finalmente fue puesto en libertad luego de compurgar su pena.
Al quedar libre, emigró a Europa donde se le perdió la pista por varios años, para luego ubicarlo en España donde se hacía pasar como el empresario Jacques Monard. Posteriormente, se fue a Cuba, en dicho país murió en 1978, a la edad de 65 años.
DAVID ALFARO SIQUEIROS
Uno de los principales pintores muralistas de México, José de Jesús Alfaro Siqueiros, mejor conocido como David Alfaro Siqueiros, recalcitrante luchador socialista-comunista, se vio implicado con antelación al crimen cometido por Ramón Mercader, en dos atentados en contra del “León Rojo”, León Trostky.
Por dichos sucesos fue encarcelado a principios de 1940, en el temible Palacio Negro, donde plasmó en increíbles murales tanto los ideales de su lucha política como los horrores y atrocidades que vivían los reos en dicha prisión.
En la actualidad esas obras, plasmadas en los muros del Palacio Negro de Lecumberri, son consideradas como verdaderos tesoros de lo que al paso de los años se convertiría en el Archivo General de la Nación.
PANCHO VALENTINO
El luchador técnico “limpio”, José Valentín Vázquez Manrique, alias “Pancho Valentino”, campeón mundial de peso completo de lucha libre fue aquel asesino que mató al padre Juan Holand Tavernier, en 1957, en la capilla de la Virgen de Fátima, en la colonia Roma, cuyo crimen le valió el mote de “El Matacuras”.
Fue detenido y encarcelado como responsable de la muerte del sacerdote católico, por estrangulamiento.
Previamente se puso de acuerdo con varios cómplices, entre ellos otro luchador de nombre Pedro Linares Hernández, “El Chundo”, para asaltar la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, situada en el número 107 de la calle Chiapas, en la colonia Roma.
Cuando se daban al saqueo del templo religioso fueron descubiertos por el Padre Holand, quien trató de salir corriendo para pedir ayuda.
El luchador, de más de 120 kilos de peso, simplemente se limitó a interceptarlo y a aplicarle un “candado”, sólo que el cura era extremadamente delgado y no soportó la presión al cuello y murió estrangulado.
Al ser capturado meses después del asesinato, aceptó haberlo matado pero argumentó que no quería que muriera, solamente había tratado de impedir que saliera del templo a pedir auxilio.
Fue enviado a la penitenciaría donde permaneció varios años, hasta que fue llevado también a las Islas Marías donde también intentó asesinar al padre Juan Manuel Martínez, conocido como “El Padre Trampitas”, un sacerdote que voluntariamente quiso vivir en las Islas Marías para predicar el Evangelio.
Era un sacerdote católico alegre, dicharachero, que decía oficiar misas entre rezos y mentadas de madre, dada la especial feligresía que conformaban su grey.
Uno de sus lemas preferidos, cuando se veía en peligro ante los mismos presidiarios, era: “Nada te turbe, nada te espante, miéntales la madre y sigue adelante”.
Pancho Valentino, quien quiso asesinar al Padre Trampitas, al tiempo que lo amagaba con una punta y le gritaba que él era el “Matacuras”, finalmente cayó de rodillas y terminó por pedir perdón.
Años después moriría apuñalado en la Isla María Cleofas, con lo que se confirmaría una vez más que el que a hierro mata, a hierro muere.

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