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EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI: UNA HISTORIA DE TERROR, INJUSTICIAS Y CRÍMENES

*Se pensó una prisión modelo y terminó en un infierno

*Proyecto, costó, construcción, inauguración y clausura

*Quince años tardaron para edificarla; funcionó 75 años

*La inauguró Porfirio Díaz Mori, la cerró Luis Echeverría Álvarez

*Actualmente es el Archivo General de la Nación

Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / La Opinión de México
(Primera de seis partes)

Ciudad de México.- “Si ésta penitenciaría no llega a ser núcleo de regenerados y redimidos, tampoco será una escuela del crimen y podéis estar seguro, señor Presidente, que al salir dejará a vuestras espaldas la primera estufa de desinfección moral y un baluarte de defensa para la sociedad”.

Así lo declaró el licenciado Rafael Rebollar, entonces gobernador de la Ciudad de México, el 29 de septiembre de 1900 durante la ceremonia inaugural de la Penitenciaría de la capital del país, presidida por el Mandatario de la Nación, general Porfirio Díaz Mori.

Discurso que al paso de poco más de tres cuartos de siglo resultarían utópico, pues el penal, cuyo nombre cambió al de Palacio Negro de Lecumberri, representó, durante los 75 años, 11 meses y 28 días que duró su existencia, la meca de la corrupción, el envilecimiento y la degradación del ser humano.

Tanto por los delincuentes que llegaron ahí, como por la mayoría de directores, jefes de vigilancia, celadores, abogados y demás sátrapas que medraron con el dolor y la tragedia de quienes, justa o injustamente, fueron encarcelados en ese sitio de horror.

Una inscripción grabada en un muro de una de las crujías del Palacio Negro de Lecumberri, por el líder cinematográfico Mateo Alvarado, el 4 de mayo de 1976, describía fielmente la abyecta realidad que imperaba en ese lugar:

“En este lugar maldito

Donde reina la tristeza

No se castiga el delito

Se castiga ¡la pobreza!

PROYECTO, CONSTRUCCIÓN Y COSTO

El 7 de mayo de 1885, el general Porfirio Díaz aprobó el proyecto del penal más moderno de la época, y dos días más tarde el ingeniero militar, general Miguel Quintana, comenzó los trabajos con casi medio millar de hombres.

Siete años después falleció el general Quintana y quedó como encargado de la magna obra, el ingeniero Carlos Salinas; sin embargo, a fines de 1892, el gobernador de la Ciudad de México, Pedro Rincón Gallardo y Terreros, reemplazó al ingeniero Salinas y designó como encargado al ingeniero civil y arquitecto, Antonio M. Anza.

Una importante empresa norteamericana participó también en la construcción y edificó la torre central, enclavada precisamente en el centro de la enorme obra, desde donde se dominaba cualquier punto de la prisión. Su costo fue de 22 mil pesos. Instaló también la planta de luz eléctrica con 80 caballos de fuerza, cuyo valor fue de 23 mil 400 pesos.

A siete años de su funcionamiento se hizo necesaria la ampliación del penal, localizado en los llanos de Aragón y Cuchilla de San Lázaro, a corta distancia de la garita del mismo nombre.

Los trabajos para su extensión, fueron realizados en una superficie total de 75 mil metros cuadrados y tuvieron un costo adicional de 720 mil 33 pesos más, de tal manera que la edificación de la Penitenciaría de la Ciudad de México, a la postre el Palacio Negro de Lecumberri costó en total 3 millones 117 mil 947 pesos con 84 centavos.

El nombre de Lecumberri se atribuye a que fue el acaudalado empresario español, Manuel Lecumberri, quien vendió el terreno al gobierno de Porfirio Díaz donde finalmente quedó enclavado el presidio.

SISTEMA CARCELARIO

Para implantar el sistema penitenciario realizaron un minucioso examen de cinco modelos: El de Comunicación Continua o Prisión Común; el de Aurbun: Comunicación Durante el Día e Incomunicación en la Noche; el de Incomunicación Absoluta y Aislamiento Total y el de Separación Constante de los Presos, entre sí, y comunicación solamente con los empleados de la penitenciaría, los sacerdotes del culto que profesaran y personas que pudieran “moralizarlos”.

Finalmente, el sistema irlandés “Coffton”, cuya base era el paso sucesivo de los reos por los grados en que se dividía la pena, fue el elegido para aplicársele a los reclusos en cuatro períodos.

En el primero había que tratar al reo con severidad y rigidez que iba desapareciendo paulatinamente si se observaba buena conducta en el preso. Se trataba de premios a la buena conducta o enmiendas y castigos ejemplares a los rebeldes y reincidentes.

Durante los primeros cuatro meses del primer período cuya duración era de nueve, de acuerdo a cómo se comportase el reo, no se le daba carne ni se le designaba para algún trabajo atractivo, simplemente se le veía como un animal de carga o sirviente, en el mejor de los casos.

En su espíritu una impresión profunda para hacerle entender la ventaja de portarse bien y los males que él mismo se ocasionaría si no se corregía”, decía el segundo director del penal, Francisco Martínez Baca.

Como premio, se les daba boletas de buena conducta con las que podía llegar hasta los nueve puntos por mes: tres por trabajo en taller, tres por aplicación en la escuela y los otros tres por buen comportamiento.

Para pasar al segundo período era necesario acumular 18 puntos para el siguiente, el triple, 54 y para llegar al cuarto período se requerían 180 puntos, lo que significaba una estadía mínima de 20 meses.

Pero el llegar ahí no los libraba de regresar al camino andado, pues si el reo cometía un error se le hacía descender a la clase inferior y en el caso de los incorregibles, se les recluía además en celdas de castigo; se les encadenaba y sólo se les daba de comer lo necesario
para que no murieran.

Lógicamente, nadie era capaz de llegar al cuarto período, preludio de la libertad, pues con el simple dicho del jefe de talleres, del profesor o el director de la prisión, encargados de otorgar los premios, movían a su antojo a los presos de un nivel a otro.

Por otra parte, el director del penal era autónomo, pues el Código Penitenciario establecía: “La Dirección de la Penitenciaría, tanto en lo administrativo como en lo penal, debe ser confiada exclusivamente al director, sin someterlo a más autoridad que el Gobierno del Distrito y aun así, tan sólo en los asuntos de suma importancia y dejándole siempre facultades amplias”.

Tales disposiciones convertían al director en turno, en señor de horca y cuchillo, dueño de vidas y bienes de reos y de la penitenciaría.

SUELDOS

El primer director fue el licenciado Miguel S. Macedo, a quien se le asignó el sueldo de 244 pesos con 58 centavos al mes, mientras que un celador de segunda categoría ganaba 41 pesos con 40 centavos.

En el mes de febrero de 1901, los salarios del director, el jefe de celadores, 23 vigilantes, ocho de primera y 15 de segunda, administrador, tenedor de libros (contador), médico, tres practicantes, un profesor, cocinero, galopines y demás empleados, cuyo número total era de 64, sumaban en total 2 mil 283 pesos y 77 centavos.

LOS TRES PRIMEROS REOS

Tras la ceremonia de inauguración, al siguiente día comenzó el traslado de presos de la cárcel de Belén a la flamante y reluciente Penitenciaría de la Ciudad de México y fueron 137 reos los que integraron la primera remesa que llegó al penal, entonces ejemplo de
modernidad.

Los primeros tres reos en trasponer lo que más tarde se convertiría en la “mansión del delito”, fueron: Manuel Zúñiga, acusado de abigeato; Antonio Andino, salteador de caminos y Cenobio Godoy, señalado como violador.

RECIBIMIENTO

Al ingresar el reo a prisión se le recogían las ropas que vestía, se le rapaba, se le bañaba con agua fría a manguerazos y se le rociaba con insecticida, “sólo así se les podía asear correctamente y se les podían matar todos los bichos que pudiera llevar”, decían las autoridades carcelarias.

Sus pertenencias también se les recogían con la promesa de regresárselas cuando recobraran su libertad; sin embargo, eso nunca ocurría, pues cuando alguien lograba salir con vida de ese infierno, lo único que quería era alejarse rápidamente sin reclamar nada.

Al formar parte de la población penal, se le dotaba de dos juegos de camisa y pantalón de manta a rayas. A las mujeres camisa y “enaguas” blancas, cofia y zapatos, así como dos camisas de lana para el invierno.

“La dulzura de nuestro clima y las ocupaciones prescritas para los reos, no hacen necesarias otras prendas para abrigarse”, rezaba uno de los artículos del reglamento interno, que fue derogado a los dos años de haberse implantado.

El nuevo reglamento que se impuso y que estuvo en vigor hasta el 26 de agosto de 1976, fecha del cierre definitivo de la prisión también adolecía de lapsus e incongruencias, entre los que figuraban artículos contradictorios y hasta chuscos.

Artículo 23.- A cada reo se le entregará un vaso de metal, una cuchara de madera, una escoba para asear su celda, así como una gorra de género con el número y color que le corresponda.

Artículo 26.- Los reos podrán usar en su cama (loseta de cemento), colchón, almohadas, sábanas y cobertores, proveyéndose de dichas prendas a su costa. A los que no tuvieran colchón, se les proveerá, por cuenta de la Penitenciaría, de un petate que se renovará cuando sea necesario, pero nunca antes de cuatro meses.

Artículo 32.- El desaseo en su celda, así como el deterioro de la misma serán considerados como faltas a la disciplina y obliga al reo, bajo su costa, a reparar el daño.

Artículo 34.- Todos los reos serán alimentados por cuenta de la Penitenciaría, administrandoles diariamente: Primer alimento, atole y pan; segundo alimento, arroz, carne, frijoles o alguna otra semilla y tercero, frijoles y pan.

La ración alimenticia será fijada por la misma Dirección y en el segundo período, ésta determinará que sea más abundante, lo mismo que en el tercero y en el cuarto.

Artículo 54.- “Se prohíbe toda violencia física para hacer trabajar a los reos renuentes”.

EL TEMIBLE APANDO

Desde los inicios del Palacio Negro de Lecumberri se instauraron celdas de castigo, verdaderas mazmorras llenas de suciedad, bichos y alimañas; estos calabozos serían conocidos al paso del tiempo como el temible “Apando”.

A dicho sitio eran llevados, supuestamente, sólo los reos incorregibles, los rebeldes, aunque en realidad era punto de castigo para “recomendados”, o morosos para pagar “protección” a las autoridades carcelarias precisamente para no ir a parar al terrible
“Apando”.

El famoso escritor y activista José Maximiliano Revueltas Sánchez, que permaneció dos años recluido en dicho penal sufrió en carne propia los rigores de esa celda y describió fielmente los horrores, vejaciones y torturas comunes en su libro “El Apando”, que sería llevado a la pantalla grande años más tarde.

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