Retropoliciaca

EL SANGRIENTO TERRITORIO NACIONAL (2/7 PARTES)

Redacción/ Sol Quintana Roo/ Sol Yucatán/ Sol Campeche/ La Opinión de México

Ciudad de México. – Casi para cumplir veinte años de edad, su familia la invitó a una tarde de toros, con la esperanza de que conociera a un galán y olvidara sus planes de cambiar la vida de lujo y comodidad que llevaba en Querétaro, por una existencia modesta en una celda pétrea, oscura y conventual.

Años de dudas y regaños, de críticas y consejos, terminaron dramáticamente el 31 de mayo de 1911, cuando la joven Concepción Acevedo y De la Llata, penetró resueltamente al claustro, sin importarle el llanto que derramaban sus progenitores y sus hermanos.

El 25 de septiembre de 1922, tras un sorpresivo arribo a la ciudad de México, asumió el cargo de Superiora en el convento de Las Madres Capuchinas Sacramentarias, ubicado en Tlalpan.

Conocido conflicto entre la Iglesia y el Estado ensangrentaba el territorio nacional y las provocaciones, de uno y otro lado, se daban con frecuencia hasta provocar una confusión que aterrorizaba y enardecía, que cegaba y ensombrecía el panorama político.

El monasterio fue clausurado y las monjas fueron advertidas en la Procuraduría de la República (calle Donceles) que “deberían disolverse para no seguir violando la ley”.

El grupo se fue a la calle Mesones y Concepción conoció ahí al padre jesuita Miguel Agustín Pro, quien simpatizó con el activismo de la Superiora, a quien le comentó que eran “cuates de año, pues él había nacido el 13 de enero de 1891 y ella el 2 de noviembre”.

Las monjas fueron acosadas y pasaron a la calle Puebla, más tarde a calle Justo Sierra y finalmente a Zaragoza, Colonia Guerrero, cerca del panteón de San Fernando.

A mediados de septiembre de 1927, Pro Juárez le propuso ofrecerse como “víctimas a la justicia divina, por la salvación de la fe en México”.

El director espiritual de Concepción, padre Félix de Jesús Rougier, fundador de Los Misioneros del Espíritu Santo, le dijo: “Tenga presente que Dios puede pedirle no la vida, sino otra clase de sacrificios más dolorosos todavía. Su comunidad, su salud, la incomprensión, la soledad, el abandono y quién sabe cuántas cosas más en cambio de la existencia”.

La Madre Conchita acepta la proposición de Pro Juárez y, el 23 de septiembre de 1927, el padre Pro celebró misa, comenzó a llorar y dijo que “había escuchado claramente que estaba aceptada la inmolación”.

El 12 de noviembre, elementos de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, dirigidos por el ingeniero Luis Segura Vilchis, decidieron matar al día siguiente al general Alvaro Obregón, volando su automóvil con varias bombas caseras.

En un automóvil que la Liga había confiado a Humberto Pro Juárez, hermano del sacerdote (auto Essex, antiguo, placas de alquiler10101), fueron al encuentro de Obregón el ingeniero Segura, “Joselín”—no identificado plenamente—Nahúm Lamberto Ruiz Caselín y Juan Tirado Arias.

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