Nacionales Narcotráfico

ESPARRAGOZA, EL ASESOR DE LOS NARCOS

*Entre ellos destacan Vicente Carrillo Fuentes, “El Viceroy” y “El Mayo” Zambada, el primero también detenido en este sexenio y el segundo fugitivo y operando

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Séptima y última parte)

Ciudad de México.- La generación de narcos que precedió a la anterior también fue asesorada por Esparragoza Moreno, entre los que destacan Vicente Carrillo Fuentes, “El Viceroy” y “El Mayo” Zambada, el primero también detenido en este sexenio y el segundo fugitivo y operando.

El desaparecido José Luis Santiago Vasconcelos, cuando era subprocurador en Delincuencia Organizada, dijo de “El Azul”: “Es un gran negociador, quizá el más fino estratega que ha tenido el narcotráfico en México, el único que ha podido sentar a la mesa de negociaciones a casi todos los capos, sabe, como pocos, estar siempre en segundas posiciones, pues su experiencia le ha dictado que sacar la cabeza significa la muerte o la cárcel”.

Según una carta fechada en octubre de 2004 y que fue enviada a la Presidencia de la República, varios capos se reunieron un mes antes en Monterrey, Nuevo León, para discutir la forma en que podrían constituirse como un grupo hegemónico para manejar el narcotráfico en México.

En ese encuentro, Esparragoza Moreno pudo sentar a la mesa de negociaciones a Ismael Zambada García (Sinaloa), Amado Carrillo Fuentes (Juárez), que ya “había muerto” en 1997; a Joaquín Guzmán Loera (Pacífico), Humberto García Ábrego (Golfo) y a Marcos Arturo Beltrán Leyva, entre otros narcotraficantes de importancia.

El ex agente de la Policía Judicial Federal, estrechó lazos con “El Chapo” Guzmán, al casarse con la cuñada de éste, Gloria Monzón y fue compadre de Amado Carrillo Fuentes al apadrinar a Juan Manuel, uno de los hijos del desaparecido “Señor de los Cielos”. También entabló relación de compadrazgo con “El Mayo” al ser padrino de bautizó de uno de sus hijos.

Esa “alianza de sangre” siguió cuando el ahora detenido, Juan José Esparragoza Monzón, se casó con una hermana de los hermanos Beltrán Leyva y se fortaleció aún más cuando Patricia Guzmán Núñez, “La Patrona”, sobrina del “Chapo”, fue pareja de Alfredo Beltrán Leyva, alias “El Mochomo”, actualmente preso.

El 12 de junio de 2013, “El Azul” acudió a una fiesta de XV años en el estado de Colima, en el exclusivo Fraccionamiento Residencial Victoria. Al término del vals de la Quinceañera, Esparragoza Moreno fue informado de un posible operativo en su contra y antes de la medianoche abandonó el lugar.

Dos horas después, cientos de federales, militares y marinos, a bordo de unidades terrestres y helicópteros Black Hawk, llegaron al lugar en su “operativo sorpresa”, más los sorprendidos fueron ellos porque “El Azul” nuevamente se les había escapado de las manos.

Ha estado preso en tres ocasiones por delitos contra la salud; dos veces fue absuelto, pero en el tercer proceso tuvo que purgar, “de punta a cola”, dicen en el argot carcelario, una pena de siete años de cárcel. Salió libre en 1992 del penal de Almoloya, ahora llamado de El Altiplano y enseguida se reincorporó a sus actividades.

Pero antes, fue compañero de presidio con Amado Carrillo Fuentes, en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México, cuando todavía no se ganaba el mote de “El Señor de los Cielos”; de esa cárcel fue enviado a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa.

Ahí, como en el Reclusorio Sur se convirtió también en amo absoluto. Los mismos directivos al referirse a él, decían: “El Señor”. La propina para el custodio que le abriera la reja para pasar de un lado a otro, era de 50 dólares, cifra que lógicamente aumentaba considerablemente si el servicio lo hacía algún funcionario, incluido hasta el mismo director.

Investigadores antidrogas de la PGR, dicen que “El Azul” pudo sobrevivir tantos años en el narcotráfico por su habilidad y su excelente conversación. Le gustaba beber y sabía hacerlo, acostumbraba arreglar sus diferencias con dinero y favores, no con balas, no mataba por matar, sólo cuando lo atacaban, por eso entre los narcos lo respetaban.

Al salir compurgado del penal de Almoloya, se perdió durante algún tiempo, pero nuevamente volvió a las andadas y se dejó ver en varias entidades de la República, aunque en 2003 escogió el estado de Morelos para residir de manera permanente, gracias al amparo del gobierno panista que encabezaba el gobernador Sergio Estrada Cajigal.

En dicho entidad su poder no tuvo límites, no compró jefes policíacos, sino a toda la corporación que utilizaba para su uso personal y la protección de sus socios y familiares. Los jefes de la Policía Ministerial, Agustín Montiel y Raúl Cortez, lo protegían de manera personal para que pudiera utilizar el aeropuerto de Cuernavaca y bajar aviones con cocaína procedentes de Colombia, que era transportada en vehículos policíacos.

Pese a la caballerosidad y gentileza que caracterizaba a Esparragoza Moreno, también se le consideraba un hombre extremadamente rencoroso, cruel y vengativo, que no perdonaba nunca y menos una traición y para cobrar venganza no le importaba esperar años.

A mediados de 1986, Esparragoza Moreno fue detenido en el Cerro de las Campanas, Querétaro, en una casa de seguridad. El operativo de la Policía Judicial Federal lo encabezaron Florentino Ventura Ventura y Guillermo Robles Liceaga.

También participó el “Yankee” (jefe de plaza) Isaac Sánchez Pérez y los comandantes Eduardo Yanas, Héctor Correa Zetina y Juan Carlos Ventura Mousong (hijo de Florentino), así como el comandante Rubén Castillo Conde, jefe de plaza en Querétaro y Guil

González Calderoni, entonces jefe regional en Monterrey, Nuevo León, cuyas labores de inteligencia contribuyeron a detener al poderoso capo.

Dicen que fue capturado junto con su esposa, Ofelia Monzón y su hijo, quienes fueron objeto de maltrato por parte del mismo Florentino Ventura y de Robles Liceaga, lo que provocó el coraje de “El Azul” que les advirtió: “Ya me tienen a mí, con mi familia no se metan…Yo soy el de la bronca, eso no es de hombres”.

La reacción de Florentino Ventura fue feroz y tras abofetearlo, arremetió contra su hijo, Esparragoza Monzón, al que también tenía esposado y lo sometió a diferentes torturas.

Impotente, la señora fue obligada a ver cómo golpeaban y torturaban a su marido y a su hijo, al tiempo que los federales lo festejaban con burlas y carcajadas.

Esas humillaciones jamás fueron olvidadas y menos perdonadas por “El Azul”, que esperó años y años para cobrarse la afrenta. Sus acciones se dieron paulatinamente, pero todos los que participaron en su captura fueron asesinados.

Florentino Ventura, apodado “El Tigre” por su ferocidad en el desempeño de su trabajo, se “suicidó” en 1988, frente a Perisur, en la Ciudad de México, luego de matar a su pareja y a su comadre; los que conocieron al jefe policiaco nunca aceptaron que hubiera decidido quitarse la vida, dado su carácter y el poder que tenía, se decía que era el único policía con derecho “para matar”.

Años más tarde, el 19 de julio de 1996, Isaac Sánchez Pérez sería acribillado frente a su domicilio, en la avenida Puente de Alvarado, en el Distrito Federal; después seguiría Guillermo Robles Liceaga, el uno de mayo del 2002, que ya laboraba en la Secretaría de Seguridad Pública del DF y dos meses después, el 30 de mayo, Ventura Mousong, que ya era mando de supervisión de asesores de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Fue ejecutado cuando se dirigía a su casa, en el sur del DF.

El aún comandante federal, Rubén Castillo Conde, fue asesinado el 23 de enero de 2003, cuando se disponía a regresar de Ciudad Juárez a la Ciudad de México y el ex poderoso comandante antinarcóticos de la PGR, Guillermo González Calderoni, que se exilió en los Estados Unidos tras múltiples acusaciones por corrupto, fue “cazado” 15 días más tarde, el 6 de febrero, en Mc Callen, Texas, por un asesino profesional que lo mató de un tiro en la cabeza.

Para experimentados jefes policíacos, Esparragoza Moreno fue el autor intelectual de todas esas ejecuciones, aunque algunos calificaron los hechos como “coincidencias”, lo cierto es que todos los jefes que de una u otra forma tomaron parte en su captura acabaron muertos.

Se habló de su muerte por un infarto, pero nunca se vio el cadáver. Se cremó, según sus familiares, pero no se sabe dónde quedaron sus cenizas y dadas las frecuentes equivocaciones de las autoridades antidrogas en otros casos, hay escepticismo en aceptar tal versión y no se descarta que “su muerte” haya sido una más de sus estratagemas para seguir operando, ya no desde un segundo plano, sino “desde ultratumba”.

Ahora, con la detención de su primogénito, quizá, de estar vivo, se vea obligado a actuar, pero a su estilo, a tras mano, siempre sin dejarse ver, pero sí hacerse sentir.

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