Policiaca

FELÍCITAS SÁNCHEZ AGUILLÓN, LA TRITURADORA DE ANGELITOS

*Había utilizado su profesión de partera para hacerse de varios niños a quienes había asesinado y después desmembrado

STAFF SOL QUINTANA ROO/SOL YUCATÁN/LA OPINIÓN DE MÉXICO

Ciudad de México.- En 1941, un hombre en el edificio de la calle Salamanca 9, en la colonia Roma se extrañó al comprobar que su drenaje estaba tapado. Así que llamó a varios plomeros y albañiles que decidieron que debían romper el pavimento para dar con la tubería agravada.

Pero ninguno de ellos esperó ver algo como lo que encontraron.

Y es que, en el departamento de arriba, Felícitas Sánchez Aguillón había pasado largo rato arrojando restos de bebés al excusado. Había utilizado su profesión de partera para hacerse de varios niños a quienes había asesinado y después desmembrado.

Se calcula que Sánchez Aguillón asesinó a más de 50 niños en la capital del país.

Posterior a su detención los cómplices de «La Ogresa» relataron la terrible tortura a la que sometía los bebés y niños: Solía parodiar los cuidados maternales de una manera sádica: Bañaba a las criaturas con agua helada, no les daba de comer durante períodos considerables de tiempo, los dormía en el piso y a veces los alimentaba con carne o leche podrida.

Sus métodos de ejecución fueron increíblemente variados: Asfixia, envenenamiento, apuñalamiento y hasta inmolación.

Generalmente los estrangulaba o asfixiaba (en muchas ocasiones repetía sus diversiones de la infancia y los envenenaba), ya muertos procedía a descuartizarlos (en ciertas ocasiones los llegó descuartizar vivos).

Los restos, generalmente, los tiraba a las alcantarillas, a veces los desechaba en depósitos de basura y otras veces los incineraba en una caldera (de ahí el humo), incluso llegó a quemarlos vivos.

«La descuartizadora de la calle Roma”, desde su detención hasta junio de 1941, (más o menos tres meses), fue recluida en prisión y aislada a causa del peligro que representaba para ella el contacto con la población general del reclusorio.

Durante todo ese tiempo vivió, irónicamente, una regresión (se comportaba como una niña pequeña, lloraba todo el día, sólo pronunciaba monosílabos y una repetitiva frase que en ocasiones llegaba a gritar: «Quiero irme de aquí”.

Incluso como típico berrinche infantil se tiraba al piso, pataleaba, gritaba y era necesario arrastrarla para trasladarla de un lugar a otro).

La amenaza del abogado de la mujer era clara, iban a revelar la lista de clientes si con ella era posible aminorar su condena.

En aquella lista estaban inmiscuidas importantes figuras de la política; así en una evidente muestra de corrupción y una serie de irregularidades, permitieron que «La Ogresa» saliera libre en tan sólo 3 meses.

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