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LA CAÍDA DEL ÁNGEL DE LA INDEPENDENCIA 

*En el año 1957, las aguas de La Joya enrojecieron y un sismo provocó luto y dolor en la Ciudad de México donde se desplomaron edificios y el ícono de la avenida Reforma 

 Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México 

(Sexta y última parte) 

Ciudad de México.- En el año 1957, las aguas de La Joya enrojecieron y un sismo provocó luto y dolor en la ciudad de México, perdió edificios y vio desplomarse el Ángel de la Independencia.

En el mes de mayo de 1984, La Joya volvió a “advertir” de una tragedia y hubo sismos en amplia zona de California, Estados Unidos y Costa Rica.

En junio de 1985, los lugareños vieron enrojecer las aguas de La Joya, comentaron que se avecinaba un gran sismo, pero ningún elemento del equipo de sismólogos de la UNAM se dio por enterado.

En cambio, un pequeñito, cuya progenitora jamás ha sido entrevistada por científicos de la UNAM, supo horas antes del primer sismo de septiembre negro, que “algo muy malo iba a pasar”.

 ¿Quién puede negar que si nuestros mejores sismólogos y sicólogos hubieran examinado con respeto, a Gilbertito y a su madre, quizá hubieran podido advertir a la sociedad que “algo muy malo iba a pasar”?

Obviamente, amigo lector, no esperamos que creas en algo que parece de ciencia ficción. Sin embargo, es cierto, aunque tú no lo aceptes, como diría Ripley.

La historia de Gilbertito, como la relató su progenitora hace más de 30 años, comienza cuando el niño se comunicaba con ella de una manera que puede calificarse como telepática.

Al  principio, la señora se negaba a creer lo que entendía, porque no parecía ser posible: su hijo le daba a comprender, de un modo misterioso, que tendría problemas al nacer.

Los médicos que atendían a la desconcertada progenitora, (madre de otros menores), no sabían de momento lo que sucedía…hasta que se decidió a confiarles su secreto.

Al escuchar el relato, los médicos sonrieron con escepticismo y al parecer le “demostraron”, mediante el ultrasonido, que no tenía por qué preocuparse, pues su varoncito “venía bien, tal como evidenciaban las imágenes”.

Sin embargo, por alguna razón que no explicó hace poco más de treinta años, la madre de Gilbertito confiaba en “la comunicación” del niño y pidió que se tomaran las precauciones posibles.

Los doctores le prometieron discreción aunque no compartían su inquietud. Ellos procuraban tranquilizarla a base de medicamentos y comentarios, pero, al nacer Gilbertito, dejaron de sonreir con escepticismo: el niño tenía problemas en sus extremidades inferiores y fue necesario dotarlo de una prótesis metálica.

Lo que la afligida madre había entendido a base quizá de telepatía, (no encontramos otra manera de explicarlo), resultó ser tan cierto como otra prueba de los mensajes: el niño sabía a qué hora iba a enfermarse.

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