Policiaca

LA DAMA DEL SILENCIO

 

*Se inventó a toda prisa que salía en ocasiones para “acechar en parques y jardines” a las futuras engañadas y agredidas y que a veces tardaba hasta cinco horas en “vigilar los movimientos” de las víctimas. Nunca fue cierto.

*La Mataviejitas siempre iba preparada con una lista pequeña de afiliados al INSEN, que alguien le proporcionaba clandestinamente con la condición de repartir el botín, según comentaban exagentes del Servicio Secreto

*Nunca falló una visita de Barraza Samperio a sus numerosas víctimas, excepto una ocasión…

STAFF SOL QUINTANA ROO/SOL YUCATÁN/LA OPINIÓN DE MÉXICO

(Tercera y última parte)

Ciudad de México.- Se inventó a toda prisa que “La Dama del Silencio” salía en ocasiones para “acechar en parques y jardines” a las futuras engañadas y agredidas y que a veces tardaba hasta cinco horas en “vigilar los movimientos” de las víctimas. Nunca fue cierto.

La Mataviejitas siempre iba preparada con una lista pequeña de afiliados al INSEN, que alguien le proporcionaba clandestinamente con la condición de repartir el botín, según comentaban exagentes del Servicio Secreto.

El sistema no tenía pierde. La gente solitaria tramitaba su tarjeta verde y proporcionaba toda clase de información “confidencial” en oficinas de la calle Donceles, primer cuadro de la ciudad de México. Así, los informantes sabían exactamente domicilios, nombres, edades, propiedades, (dinero en bancos, alhajas, mascotas si las había, cámaras de circuito cerrado), sobre todo detalles sobre el abandono en que los parientes generalmente tienen a individuos de la tercera edad.

Nunca falló una visita de Barraza Samperio a sus numerosas víctimas, excepto una ocasión en que en el domicilio de una anciana, ella cuidaba de un nieto adolescente. Juana nunca esperó que la señora tuviera compañía y se despidió, no sin antes examinar como “experta enfermera” una radiografía del muchacho. Las huellas digitales de la asesina quedaron impresas en la mica.

En el resto de los “arribos” sin peligro a las casas de hombres y mujeres, Juana Barraza y su o sus cómplices mataron gente a placer, mientras las autoridades policiacas negaban rotundamente la existencia de un “asesino serial”.

El procurador Bernardo Bátiz, aficionado a las luces, cámaras de televisión y fotografías en los diarios, llegó a decir finalmente que “el, (no “la”) mataviejitas era muy inteligente, brillante”, por eso no había caído en poder de los detectives que lo buscaban.

Había una gran descoordinación entre los grupos que buscaban pistas. El IMSS y el ISSSTE no prestaron sus archivos para comparar impresiones digitales, y se aseguró, “sí tenían registros de Juana Barraza, pues al parecer la señora tiene una huella incompleta porque le falta piel”. Esto no fue confirmado oficialmente.

Al ser arrestada la “Mataviejitas” se obtuvieron sus huellas dactilares y se recompensó al empleado particular, José Joel López González y a los policías Marco Antonio Cacique Rosales, y José Ismael Alvarado Ruiz, recibieron un departamento y cien mil pesos en efectivo cada uno.

La Procuraduría de Justicia del Distrito presumió que casi tenían identificada a la señora Barraza, por la confección de un busto en arcilla o plastilina, resultado de la combinación de múltiples “retratos hablados”. Y la Secretaría de Protección dijo que se había estudiado la manera de operar del “criminal” y por ello la vigilancia en parques y jardines había dado resultado.

La verdad es que si José Joel González llega dos minutos tarde a su domicilio, los asesinos de Ana María Reyes, de 82 años de edad, hubieran escapado tranquilamente, quizá en el taxi del sospechoso, tal vez en un convoy del Metro… Una vez eliminada la sospecha de los demás asesinos que con Juana Barraza se dedicaban a extorsionar y a matar gente, un juez decidió “cumplir con su deber” y sentenció a “La Dama del Silencio” a 759 años y 17 días de prisión, por 17 crímenes y 12 robos.

Inesperadamente, quizá molesto por lo que consideraba encubrimiento de las autoridades, el licenciado Pedro Borda Hartmann, titular del INSEN, ahora INAPAM, rompió el silencio oficial para asegurar públicamente “que no sólo mujeres fueron sacrificadas, también hombres y que no eran tan pocos homicidios, pues se tenían registrados más de 80”.

Como no queriendo se dio a conocer que en la institución dirigida por Borda Harmann “se sabía que muchísimas tarjetas verdes habían sido vendidas a personas que no tenían la edad requerida para obtenerlas legalmente”. Por coincidencia, en prisión se encontraron la llamada “Madrina”—Sara María Aldrete, a quien los medios de información “bautizaron” como “La Narcosatánica—y Juana Barraza, “La Dama del Silencio”.

La primera trató con dignidad a la “Mataviejitas” y le enseñó a leer y escribir, mientras ambas lamentaban sus incomprensibles sentencias: 647 años de cautiverio para Sara, 759 años y 17 días para Juana.

(La Comisión Nacional de los Derechos Humanos informó que Inés del Río Prada en España, condenada a la pena total de 3,828 años de prisión por 24 asesinatos, bajo el Código Penal de 1973 vigente en el momento de la comisión de los hechos y que consideraba un tiempo máximo de cumplimiento de la condena de 30 años…Al ser aplicada la jurisprudencia en perjuicio de la demandante, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos consideró que se habían vulnerado los artículos 7 (no hay pena sin ley), y 5 (derecho a la libertad y seguridad), del Convenio Europeo de Derechos Humanos, resolviendo definitivamente a favor de la demandante, según comunicado de prensa del 21 de octubre de 2013).

En cuanto comenzaron los comentarios amargos contra la “prisión vitalicia” se dijo que en nuestro país, al 19 de junio de 2007, no hace muchos años, Allan Nelson Lozada Garay había acumulado una condena por 907 años y medio de prisión a lo largo del juicio que enfrentaba por fraude genérico, Lozada era socio de Publi XIII, según Icela Lagunas, del diario El Universal.

Como por arte de magia las sentencias de 647 años para Sara Aldrete y 759 años y 17 días para Juana Barraza, fueron reducidas a 50 años de cautiverio que de todas maneras parecían “inconstitucionales por inhumanos, crueles, infamantes y excesivos”. De manera un tanto increíble, para la Suprema Corte de Justicia las condenas de prisión vitalicia no están prohibidas por el Artículo 22 Constitucional, aun cuando su duración supere considerablemente el tiempo de vida de cualquier persona. No es fácil comprender estas situaciones.

Como para enredar más el asunto de la “Mataviejitas”, el periódico La Prensa denunció el 15 de febrero de 2006, que había una extrañísima similitud en la aclaración de los crímenes de Juana Barraza Samperio y otro homicidio, perpetrado en diciembre de 1975, en la investigación se utilizaron “retratos hablados tridimensionales”.

El primer busto, en el caso ocurrido en Tláhuac, bastó para identificar sin duda a Matilde Soto con asombrosa rapidez. El segundo busto, de hace doce años, no funcionó para fines de reconocimiento oportuno de la “Mataviejitas”, —y viejitos— pero casi reproduce las facciones de la señora Soto.

Algunos observadores dijeron—según la versión de La Prensa, diario especializado en asuntos policiales–, que la técnica de escultura fue clonada indudablemente y otras personas fueron más allá, dijeron que “se trata de la misma obra, en plastilina, que en 1975 fue enviada al Museo del Crimen, que funcionaba en el Servicio Médico Forense”.

No solo el busto había desaparecido, también una lámpara de buró, cuya pantalla era de piel humana y ostentaba un tatuaje aparentemente ejecutado por un “criminal nazi”. La lámpara pertenecía al exdirector del Semefo, doctor Miguel Gilbón Maitret.

Los expertos dijeron que es el mismo busto, porque tiene el detalle de una diadema de las que acostumbraba usar…Matilde Soto, jamás la “Mataviejitas”. La obra fue realizada en 1975 por el ingeniero y escultor Antonio Tapia Hinojosa y el antropólogo físico José María Luján, sobre el cráneo de Matilde Soto, asesinada en diciembre de un balazo en el tórax.

En resumen, si el busto de hace doce años contiene un cráneo humano, puede ser de Matilde Soto. El retrato hablado tridimensional (?) se parece más a ella, quien sí usaba diademas, que a la vendedora de palomitas, Juana Barraza, quien nunca llevó diademas al matar a inocentes ancianos.

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