Nacionales Narcotráfico

LAS FALSAS MUERTES DE “EL AZUL” y “EL MENCHO” 

*Con esa escapatoria sumaron tres intentonas de 2010 a la fecha en que Juan José escapó por diferencia de horas o quizá de minutos, gracias a su red de guardaespaldas y escoltas que le informaban a tiempo

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Sexta de siete partes)

Ciudad de México.- Uno de tantos fallidos operativos, se realizó en las inmediaciones de Plaza Antares, entre avenida Acueducto y Patria, en pleno centro de Guadalajara, pero al frustrarse dio pie a que corrieran diferentes versiones, entre ellas la de que ambos narcotraficantes, “El Azul” y Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho” habrían muerto; lo cierto es que ambos fueron alertados a tiempo y a la hora de la balacera ya no estaban en el lugar.

Con esa escapatoria sumaron tres intentonas de 2010 a la fecha en que Juan José escapó por diferencia de horas o quizá de minutos, gracias a su red de guardaespaldas y escoltas que le informaban a tiempo.

La explicación de que Esparragoza Moreno hubiera permanecido casi tres décadas como uno de los más importantes barones de la droga y desplegado una actividad de 42 años en el mundo del narcotráfico, sin que fuera reconocido, fue por su bajo perfil, señalan expertos en la materia.

A diferencia del clásico capo de las drogas, presuntuoso y ávido de fama, Esparragoza siempre fue (¿o es?) discreto, amable, nada ostentoso, culto y excelente conversador; de buen gusto para vestir, no al estilo del narco de antaño, con botas, chalecos de pieles exóticas cinturones piteados, joyas, cadenas, relojes, escuadra al cinto y el “cuerno de chivo” al hombro, dueños de mansiones y palacetes, sino austero y discreto.

La primera exigencia a sus hombres cercanos, era no llamar la atención, bajo ningún motivo; tanto él como el personal a su servicio tenían que pasar desapercibidos y quien no respetara esas reglas pagaba las consecuencias a veces hasta con su vida.

Un anécdota que pinta de cuerpo entero a Juan José, ocurrió a principios de 1995 cuando se encontraba en uno de los reservados de un exclusivo restaurante en la zona de Polanco, en la Ciudad de México.

Se disponía a comer. Sus escoltas se hallaban distribuidos estratégicamente en varias mesas alrededor de su jefe y otros de sus hombres en diferentes puntos del establecimiento, incluso en el exterior para cubrir cualquier eventualidad.

De pronto, uno de ellos corrió a avisar a su jefe que estaba por llegar gente de la PGR, por lo que “El Azul” se levantó y salió apresuradamente. En su precipitada carrera no se fijó en un hombre que esperaba le asignaran una mesa y trompicó con él de manera accidental.

Detuvo su marcha y se excusó: “Por favor, discúlpeme”, le dijo a aquel comensal, elegantemente vestido, que esperaba de pie en el vestíbulo.

—No se preocupe, no hay cuidado, dijo el recién llegado, a lo que Juan José le dijo “buen provecho”, respondido por un “gracias” del recién llegado y siguió caminando con tranquilidad.

El personaje que esperaba su turno, era nada más ni nada menos que Fernando Antonio Lozano Gracia, recién designado procurador general de la República (PGR), pero como ninguno de los dos se conocía cada quien continuó por su camino.

Cuando estaba por iniciar el operativo, uno de los guardaespaldas del procurador Lozano le informó que se disponían a capturar a Esparragoza Moreno, que comía en el lugar.

-¿Cómo es? preguntó el procurador.

Al describirle a un hombre alto, fuerte, moreno, de tez casi cobriza y pelo quebrado, entrecano, supo que se había topado de frente con el escurridizo capo, quien todavía tuvo tiempo de ofrecerle disculpas y desearle bon appetit,

A “Don Juan”, como le llamaban sus colaboradores, no le gustaba la fama e incluso no permitió que le hicieran corridos, a diferencia de la mayoría de capos que hasta pagan para que se los escriban.

La orden del “Azul” de pasar desapercibidos era tajante. Su lema era: “No hay que dejarse ver, sino hacerse sentir”.

“El Azul”, un año más viejo que “El Mayo” Zambada y nueve más que “El Chapo”, ha sido uno de los pocos sobrevivientes, durante décadas, de una generación de capos que hoy están muertos o presos, como Miguel Ángel Félix Gallardo, “El Jefe de Jefes”; Rafael Caro Quintero, prófugo; Albino Quintero Meraz, Ernesto, “Don Neto” Fonseca Carrillo, en prisión domiciliaria; Emilio Quintero Payán, Manuel Salcido Unzueta, “El Cochiloco”, ejecutado con más de 250 tiros; el “desaparecido” Amado Carrillo Fuentes y el también asesinado, Pablo Acosta Villarreal, alias “El Pablote” o “El Zorro de Ojinaga”.

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