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Negar lo que existe, un acto mecánico de AMLO

–Negociar con el crimen no es una afrenta

Ricardo Ravelo/Sol Yucatán

El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, negó lo que la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, afirmó abiertamente: que el gobierno federal esté negociando con grupos armados del crimen organizado.

En la conferencia mañanera fue uno de los temas centrales. “No estamos negociando con grupos criminales –dijo López Obrador –el Estado es responsable de garantizar la paz en el país.

En realidad, nadie cree que Sánchez Cordero se haya sacado de la manga una mentira. De que están negociando, están negociando, pero para el presidente esto pareciera una afrenta. Hasta parece que se le hubiera ofendido al mandatario, quien ya convirtió en un acto mecánico desmentir a sus propios colaboradores cuando algo no le parece, aunque sea cierto. Así son los hombres maniatados por la mecanicidad: suponen, imaginan cosas que sólo existe en su mente, dan por hecho cosas que no han ocurrido, se pelean con figuras fantasmáticas y hasta creen que son reales. Y tarde que temprano ellos mismos construyen su propia realidad y ésta les da la razón porque un autómata nunca reconoce que se ha equivocado. Así es López Obrador.

La existencia de una estrategia para negociar con el crimen organizado no tiene nada de negativo, por el contrario, se celebraría que el Estado mexicano lo admitiera porque es una de las vías que le permitió a Italia regular a ciertos grupos mafiosos, legitimar capitales ilícitos y abrir espacios para que una parte de la mafia, harta de ser perseguida, se pasara al carril de la legalidad. Los gobiernos desarrollados cuentan en sus legislaciones con estas alternativas.

Este camino es posible recorrerlo igual como ocurrió en 1996, cuando el Estado abrió su legislación para incorporar la figura del testigo protegido como instrumento para enfrentar a los cárteles. Tácitamente el gobierno reconocía que, dada la evolución del crimen organizado, su capacidad para investigar no alcanzaba para abatirlos, por ello, fue importante en su momento que el Estado y los mafiosos negociaran: se le otorgaba un beneficio legal al declarante para que cooperara con la investigación y éste declaraba lo que sabía sobre un capo o alguna organización criminal. Si la cooperación era exitosa y llevaba al Estado a capturar a los narcos, el testigo protegido podía incluso quedar en libertad. Le perdonaban los delitos. En Estados Unidos, por ejemplo, hay casos en los que el propio gobierno cambia la identidad del testigo, le otorga empleo, una nueva vida, un nuevo rostro, incluso, y beneficios adicionales para sus familiares.

Lejos de ser una afrenta, la negociación entre el gobierno y el crimen organizado puede ser un gran acierto, es un instrumento que ningún otro régimen ha intentado para lograr la pacificación del país, asignatura nada sencilla por compleja y difícil. Si el gobierno de López Obrador no resuelve el flagelo de la inseguridad, su gobierno será un auténtico fracaso. Nadie quiere un país con bienestar social y sumido en la anarquía debido a la violencia del narcotráfico. Sería el más absurdo de los contrasentidos.

La Secretaría de Gobernación, a través de un escueto comunicado, trató de aclarar lo dicho por su titular bajo el argumento de que se malinterpretaron sus palabras o la versión fue editada de tal forma que se alteró el contenido. Y en un segundo párrafo reitera lo que el miércoles  21 dijo López Obrador en la conferencia mañanera: que el gobierno no está negociando con el crimen organizado.

El presidente afirma que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar la paz en el país. Esto es real. Pero a la luz de los hechos, la realidad desmiente al mandatario: el Estado no está garantizando la paz en ningún rincón de la República.

Es más, el gobierno de López Obrador, con todo y su Guardia Nacional, no tiene capacidad para garantizar la vida ni el patrimonio de nadie. La vida, primer derecho humano, es el más violado en todo el territorio porque a toda hora hay balaceras, enfrentamientos y matanzas entre los cárteles de la droga.

Ahí están los casos de Michoacán, Jalisco, Tamaulipas, Veracruz y hasta la Ciudad de México ya es campo de batalla de mafias.

El año pasado, en Guerrero, el obispo Salvador Rangel, cansado de tanta matanzas, decidió buscar a los jefes del narcotráfico y comenzó a platicar con ellos.

El prelado, cuya Diócesis está en Chilpancingo, decía que como el Estado ya se había olvidado de Guerrero y el narco tomó el control, sólo el diálogo y el acercamiento con los grupos criminales –son el verdadero poder, admitió –puede ser una vía de solución a los conflictos.

Y desde entonces ha mantenido la vía del diálogo para salvar vidas, evitar secuestros o liberar a las víctimas de plagio. El obispo Rangel ha dialogado con “los Rojos”, “Guerreros Unidos” y otros cárteles peligrosos de Guerrero.

Este caso es un ejemplo de lo que puede lograr el diálogo y la negociación.

López Obrador ha sostenido que la violencia no se combate con violencia. Por ello, echó a andar los programas sociales, a fin de atacar las causas que derivan en violencia, pero la realidad es que los resultados de esa estrategia no se verán en el corto ni en el mediano plazo.

Es más, existe la posibilidad de que no den resultados porque la gente ligada a la delincuencia toma los recursos del Estado y sigue delinquiendo. El problema no se va a resolver mediante un acto de magia, o simplemente porque el presidente lo diga. Se tiene que trabajar en educación, procurar volver conscientes a los jóvenes, mediante orientación, así como trabajar con los autómatas del crimen organizado para que miren la barbarie que ocasionan cuando generan violencia. Todo esto, de acuerdo las estimaciones más optimistas, puede llevar al menos cincuenta años si el trabajo es permanente.

Se trata de cambiar una mentalidad, se garantizar el empleo bien pagado, de educar, formar, generar condiciones de vida diferentes en todo el país y, en consecuencia, a base de educación, crear consciencia en la sociedad. Esto no se logra en un sexenio.

Un ser humano atado por la mecanicidad, dormido, inconsciente tarda unos 40 años en adquirir cierta vislumbre de consciencia si es que se da cuenta que su vida no tiene sentido como la ha llevado. Aclaro: si se da cuenta, porque de no ser así, permanece en el más profundo sueño: delinquiendo, matando, robando… Ahora, otro ser humano con esas mismas ataduras pero ligado a la delincuencia, puede ser un caso insalvable, sin retorno a la posibilidad de una vida mediana. Es un caso perdido para la psicología e incluso para la propia psiquiatría.

El daño que se le ha causado al país debido al desastre de la violencia y a la incorporación de adolescentes y jóvenes es verdaderamente criminal. Por ello, es muy loable el esfuerzo del presidente López Obrador en pretender sacar al país adelante con programas sociales. Eso ayudará, en parte, a abatir el rezago económico y social de muchos grupos vulnerables, pero no los hace conscientes ni los hace mejores seres humanos. Aquí faltaría la educación como piedra angular y un deseo imperioso de salir adelante, no propio de seres inconscientes como los que militan en el crimen organizado.

Resulta imposible pretender rescatar a los jóvenes del crimen organizado con un empleo o con un apoyo de 3 mil 500 pesos al mes. El intento –insisto --es loable, pero insuficiente. Quien ya fue enganchado por el crimen es muy difícil que lo abandone porque su mente mecánica le dice que ahí, en el crimen, está el trabajo fácil y mejor pagado, mientras que un simple empleo no resulta de mucho aliciente para un autómata dormido que ya se acostumbró a matar por unos cuantos pesos al día. Esta realidad no la analiza López Obrador porque él tiene la razón en todo. Sólo su mundo existe.

No sólo con dinero y un empleo se puede revertir esta tragedia. Insisto, hace falta una verdadera revolución educativa y por lo menos cincuenta años de paciencia, las cuales están muy lejos de existir.

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