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Pablo Cabañas Díaz/ SOL YUCATÁN

Grandes maestros: Jesús Guízar y Acevedo

Jesús Guízar y Acevedo (1899-1987), aunque su participación en la vida académica fue marginal, fue un personaje que destilaba cultura, ingenio, amistad y aun rechazo en su librería que tenía por nombre: “Taberna Libraria”, que se situaba en el pasaje Yturbide, entre las calles de Gante y Bolívar, en el centro histórico de la ciudad de México. Entre los años 30 a los 80 del siglo XX, en esa librería lo visitaban intelectuales, políticos y personajes de importancia en México. Tenía el grado doctor en filosofía por la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Impartió cátedra por pocos años en la Universidad Nacional, invitado por Antonio Caso, y renunció cuando el general Lázaro Cárdenas, al decir de nuestro personaje, cometió el error más grave de su sexenio: el establecer la educación socialista, que según él atentaba contra «la libertad de pensamiento filosófico».

En sus artículos en el periódico “Excélsior” defendió la libertad religiosa y combatió al presidente Plutarco Elías Calles, cuando se lanzó contra la Iglesia Católica y quiso someterla. En el callismo fue desterrado a Estados Unidos, con Victorino Salado Álvarez y José Elguero. Volvió cuando el gobierno estableció un “modus vivendi” con la Iglesia. Guízar, jamás ocultó su ideología de extrema derecha y su fidelidad a la Iglesia, por más que lo consideraran un ultra; fue amigo muy cercano del arzobispo Luis María Martínez, de quien había sido alumno por la década de 1910 en el Seminario de Morelia y le consiguió que el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores lo becara para estudiar en Lovaina. Pero también lo era de importantes intelectuales, políticos y periodistas de la izquierda y del PRI de esos años.

Fue fundador y militante de Acción Nacional; partido al que renunció y lo criticó e en su libro “Acción Nacional es un Equívoco”, compilación de artículos publicados en “Novedades”, que terminó en una polémica con el entonces presidente nacional panista, Manuel González Hinojosa. Fue miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua en 1956. Respondió su discurso de recepción el padre Ángel María Garibay, su gran amigo; como ambos tenían una barba muy abundante, los diarios y caricaturistas de la época llamaron a ese suceso “la ceremonia de las barbas”.

En 1945 jugó papel destacado en la ceremonia de los 50 años de la coronación de la Virgen de Guadalupe, pronunció una conferencia ante intelectuales mexicanos y de diversos países del continente. Amigo de personalidades destacadas, como los muralistas David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, los acercó al arzobispo Martínez, quien dio  a Diego una medalla de la Guadalupana cuando partía para la URSS a que lo operaran de cáncer, y Guízar lo llevó a despedirse  a la Basílica de Guadalupe antes de viajar. Gracias a esa amistad el pintor le hizo un retrato que con el tiempo adquirió un valor económico muy alto.

La Editorial Polis, que fundó en 1935 editó obras de reconocidos ideólogos y poetas de derecha que no tuvieron difusión por la falta de visión mercantil del editor. En 1937 creó la revista “Lectura”, con crítica de ideas y libros, donde sostuvo que el cardenismo despojó a los padres de familia del derecho de educar a sus hijos y no respetaba la libertad de expresión.

Animadas y por demás interesantes eran las charlas de Guízar con sus distinguidos visitantes en su librería, en días indistintos y unas veces unos y otros, otros se podían ver en esas tertulias a José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Gabriel García Rojas, Ignacio Chávez, Octaviano Valdés, Antonio Ortiz Mena, Adolfo Christlieb Ibarrola, Florencio Palomo Valencia, Fernando Leal, Roberto Guerrero, Salvador de la Cruz, Jorge Eugenio Ortiz, entre otros.

También estuvo allí el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina con Calles y, como tal, ejecutor de la persecución religiosa y de su expulsión del país. La primera vez, se disculpó con Guisa por su presencia, pues conocía su trayectoria y destierro a Estados Unidos por defender a la Iglesia; explicó que buscaba orientación para mejorar su cultura y se volvió un asiduo a sus reuniones.

En contraste, el doctor corrió de su establecimiento al arzobispo de Yucatán, Fernando Ruiz Solórzano, cuando fue a explicarle por qué había bendecido la sede del periódico “Atisbos”, de René Capistrán Garza, a quien Guisa fustigaba incesantemente en sus artículos porque traicionó el movimiento cristero, que lo nombró su representante en Estados Unidos.

Guízar capitalizó su caudal de amigos al ver que no dejaría una casa propia a su numerosa familia, promovió la venta de boletos para rifar dos retratos que le habían hecho Diego Rivera y Fernando Leal, grandes pintores, amigos suyos. En la rifa ganó el cuadro de Diego, Agustín Barrios Gómez, comentarista de Tv, otro de sus amigos que lo invitaba frecuentemente a intervenir en sus programas, y tuvo la suerte de que se lo devolviera

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