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Pablo Cabañas Díaz / Sol Yucatán

Exilio español: Vivir en México

El 22 de octubre de 1940, Indalecio Prieto celebró su primer encuentro con el presidente electo Manuel Ávila Camacho, quien le aseguró que no modificaría en lo esencial la política de Lázaro Cárdenas hacia los refugiados españoles. También le insistió en que no pensaba reconocer al gobierno de Francisco Franco, al menos mientras durase la guerra mundial y se hallase comprometido con la causa del Eje, y no admitiría reclamaciones sobre la política seguida hasta entonces hacia la España republicana.

 

La llegada de Ávila Camacho a la presidencia en diciembre de 1940 implicó una revisión, de la política de Cárdenas hacia la España republicana y su exilio en México. Menciona el investigador Abdón Mateos sobre estos sucesos que, desde junio de 1940, los temores de los refugiados eran grandes sobre todo si se daba un giro a la derecha en la política mexicana. Las tensiones por la presencia del exilio español fueron creciendo y generaban polarización en la sociedad. Una parte del exilio coincidía en que el triunfo del general Juan Andrew Almazán podría suponer la versión mexicana del fascismo y el retorno de los refugiados españoles a algo parecido a los campos de internamiento de Francia. Otros como el presidente de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), Indalecio Prieto, estaban convencidos de que si ganaba Almazán o Ávila Camacho el resultado sería el mismo: el reconocimiento de Franco.

 

A este clima de zozobra ayudaba la prensa de la capital del país, que alimentaba el rumor de que había bandas de pistoleros españoles, que estaban dispuestas a luchar contra los seguidores del general Almazán. Desde la prensa también se invitaba a que todo refugiado que se metiera en los asuntos electorales o políticos de México fuera declarado indeseable y se la expulsara a la brevedad […]

 

Esta agitación se daba justo en los días, en que se acababa de consumar el asesinato de León Trotsky por el comunista español Ramón Mercader. En este clima de fricciones se tomó una decisión todavía en el sexenio cardenista, el secretario de Gobernación, Ignacio García Téllez, buscó imponer medidas de dispersión. Se investigó a los que no tenían trabajo y se les invitaba a que salieran de la ciudad de México. Según García Téllez, los republicanos españoles: «no debían “seguir concentrados en la metrópoli constituyendo un medio de agitación, contrario a los propósitos de vida activa del país». Con el ascenso de Manuel Ávila Camacho a la presidencia de la República, se reforzaría la prevención oficial mexicana contra la actividad política de los exiliados españoles. El preámbulo del decreto presidencial del 21 de enero de 1941 insistía en que: «los admitidos deberán dejar constancia escrita del compromiso que contraen, de que no podrán dedicarse a actividades de orden político relacionadas con nuestro país o con el de ellos, so pena de que se les cancele el permiso de residencia”. Esta realidad explica que los primeros reagrupamientos de los exiliados españoles tendieron a enmascarar el carácter político de sus actividades bajo el paraguas de asociaciones culturales. En su texto “Páginas del Exilio”, Eulalio Ferrer, quien llegó a ser muy famoso en México narra que, en el verano de 1940, se sorprendió de que «a pesar de ser México una república que apenas hace 30 años vivió una revolución social, no había dejado de ser un país de contrastes, donde se notaba tanta miseria y tanta opulencia a la vez». También narra Ferrer que en esos años le impactó una confidencia de un cantinero asturiano: » no venga usted con malas ideas, póngase a ganar dinero». En 1940, se había trazado el futuro para los exiliados:  no harían política partidista en México, el camino era la agricultura, la educación, la salud, la ciencia o las artes y podrían hacer negocios. En esos campos los logros de los republicanos siguen presentes en su descendencia. Ferrer tomó al pie de la letra el consejo del cantinero se hizo empresario dentro de la industria de la publicidad y la comunicación fundó su agencia Publicidad Ferrer, que tuvo gran éxito y manejó importantes cuentas, siendo en la década de los años 80 la agencia publicitaria más importante del país.

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