Narcotráfico

UN HECHO LE DIO UN GIRO TOTAL AL ASUNTO (3/ 4 PARTES)

* Confesó pertenecer a una secta de «magia negra» y que el rancho lo utilizaban para realizar sus rituales

Ricardo Ravelo/ Redacción/ Sol Quintana Roo / Sol Yucatán / Sol Campeche/ La Opinión de México

Ciudad de México. – Tras la aprehensión de “La Coqueta”, se presentó en la guardia federal Darío Reyes, quien llevó alimentos a los detenidos y mientras esperaba en una de las bancas de la recepción, uno de los agentes lo abordó y se puso a platicar, de manera amigable con él.

Luego de conversar varios minutos y ganarse su confianza, despreocupadamente, sacó una fotografía de Mark Kilroy y le preguntó que si no había visto o conocía al “gringo”, a lo que Darío, después de unos segundos, sin titubeos, respondió al oficial: “Sí, si lo recuerdo, estuvo en el Rancho. Le di un poco de agua. Después lo llevaron a la cabaña y ya no lo volví a ver más”.

Se volvió a cuestionar a David y luego de horas de interrogatorios, confesó pertenecer a una secta de «magia negra» y que el rancho lo utilizaban para realizar sus rituales, con sacrificios de seres humanos.

La policía registró de nueva cuenta la finca y se encontraron con un dantesco y aterrador escenario: un caldero de hierro lleno de aguardiente, del que emanaba un hedor pestilente, con rastros de sangre reseca, parte de un cerebro humano, trozos de corazón, restos de una columna vertebral, cenizas, machetes, ajos y una tortuga asada.

En derredor de la casa, se descubrió un conjunto de fosas con 17 cadáveres descuartizados, a los que les habían extirpado el corazón, el cerebro y otros órganos, así como otros 120 kilos de mariguana.

Los restos fueron examinados, principalmente los cráneos, que fueron turnados a antropología para la reconstrucción de rostros y de esa manera se pudo establecer que uno de ellos correspondía a Mark, al que le cercenaron las dos piernas, le extirparon el cerebro y le arrancaron la columna vertebral.

“El Padrino”, Adolfo de Jesús, decidió hacerse un fistol, (una especie de alfiler para sujetar su corbata), con parte de la columna del joven estudiante, decía que era uno de sus amuletos preferidos.

Los detenidos revelaron más datos, se conoció la identidad de los demás integrantes del criminal grupo que secuestraban a personas al azar, no para pedir rescate, sino para sacrificarlos en los satánicos ritos.

De esa manera comenzó la persecución de Adolfo de Jesús, de su “sacerdotisa” Sara y de los demás miembros de la demencial secta.

Las investigaciones de los vestigios encontrados, revelaron  que en el rancho se realizaban sacrificios humanos, como la extirpación de miembros genitales, cerebros y otros órganos para “prepararlos” en el caldero llamado nganga (caldero mágico del mayombero), con caldos y brebajes, además de que se practicaba la antropofagia, ya que parte de los restos de las víctimas eran tragados por los asistentes.

En tan sólo dos años, Adolfo de Jesús se había convertido en el líder del grupo que no sólo traficaba drogas, sino realizaba ceremonias y rituales a los que asistían importantes personajes de la política, la farándula, el medio policíaco, el narcotráfico y del mundo empresarial, a los que convencía de hacerlos inmunes a las balas y hasta que podría hacerlos invisibles.

Supuestamente, al beber la sopa del caldero formada con la sangre de la víctima, su cerebro y demás elementos que completaban el siniestro brebaje, adquirirían invisibilidad e invulnerabilidad a las balas, además de todo el poder que el invitado deseara.

Una vez identificados los integrantes de la banda, comenzó la búsqueda y persecución de Adolfo de Jesús y sus seguidores: Sara, Alvaro, Omar y Martín, quienes anduvieron a salto de mata por algunos meses para no ser detenidos.

En ese lapso, “El Padrino” intentó negociar con las autoridades mexicanas, amenazando con revelar todos los nombres de los personajes conocidos que participaban en su culto (artistas, jefes policíacos, empresarios), pero no se llegó a ningún acuerdo.

Uno de sus últimos refugios, fue una de las lujosas mansiones del Obispado de Monterrey, protegida con un circuito cerrado con seis cámaras que vigilaban el jardín y accesos a la vivienda

Cuando fueron detectados por la policía, el sistema de vigilancia evitó que los detuvieran y lograron escapar.

Finalmente, el 6 de mayo de 1989 fueron descubiertos en el Distrito Federal, en uno de los departamentos de lujoso edificio, ubicado en la calle Río Sena, en la colonia Cuauhtémoc.

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