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UNA TRAGEDIA CONTADA: «MI MAMI NO SE SUICIDÓ, LA ASESINARON»

*Dos niños de Hunucmá, de apenas 8 y 9 años de edad, claman justicia por la muerte de madre, Lizlie, a mano de la pareja de ésta, quien a diario los golpeaba, sobajaba y sometía a todo tipo de vejaciones

 

*A la Fiscalía le dio pereza realizar las investigaciones, declaró suicidio y mandó el caso a la «congeladora». Mientras, el presunto feminicida se pasea campante por las calles

 

Redacción/Sol Yucatán

 

Mérida. – A Lizlie la encontraron muerta en noviembre del 2020, ella y sus hijos sufrían a diario de violencia familiar por parte de la pareja de la mujer, quien los golpeaba, sobajaba y sometía a todo tipo de vocaciones.

Sin embargo, una vez más a la Fiscalía General del Estado le dio pereza investigar el caso o, tal vez, fue le dieron instrucciones de no meter las manos. Las autoridades señalaron que se trató de un homicidio, mandaron el expediente a la congeladora y hoy, el agresor de una humilde familia se pasea campante por las calles.

¿Dónde quedó la justicia para los niños de la extinta mujer, ahora huérfanos? ¿Dónde quedó la justicia para los padres de Lizlie? Hoy, ellos han pasado por algo antinatural: enterrar a su propia hija.

Edwin y Damián tienen 8 y 9 años de edad y, en medio, son sólo unos niños de Hunucmá, pero demandan ser escuchados. De pie, junto a su abuelito, José Pascual Mex Álvarez, quien tras la muerte de su hija Lizlie, ahora cuida de ambos, relataron la violencia que vivieron durante poco más de dos años: «El señor Carlos agarraba una ropa y nos tapaba con eso nuestra boca y nariz, también nos amarraba las manos y los pies».

«Ella ahorraba cada mes su dinero y él siempre le decía que le diera todo. Carlos le golpeaba la cabeza en la pared y hasta la pateaba cuando estaba tirada».

«El otro día Carlos me sacó a dormir a la calle, luego me dijo que entrara y me pegó».

«Carlos me lastimó la espalda con un cable y me estaba saliendo sangre. Cuando le pegaba a mi mamá yo me metía y a mí me pegaba».

Estos son apenas unos fragmentos de su historia. Y es que hay un mar de irregularidades sobre el suicidio de Lizlie Guadalupe Mex Pech, pues su madre y padre están convencidos de que fue un feminicidio cometido por Carlos, quien era su pareja.

Por eso la imperante necesidad de escuchar a los niños, que reclamaron justicia por la muerte de su madre. No había forma de callarlos y mucho menos de ignorarlos. A tan corta edad estaban conscientes de que Lizlie era violentada física, emocional y psicológicamente.

Por su parte, su abuela, la señora María Andrea Pech Chuc, quien el 22 de noviembre del 2020 acudió a llevarles la cena a sus nietos, sin saber que esa sería la última vez que vería a su hija con vida y la encontró llorando.

«Yo fui a ver mis nietos, les llevé su pizza y los niños salieron corriendo y me dijeron que estaba llorando porque Carlos le pegó y le aporreó la cabeza en la pared, me agarraron de la mano y me llevaron con ella. Le pregunté qué lloraba y dijo que nada, me pidió que me llevara a mis nietos y que mañana hablaría conmigo. Tampoco había comido nada en todo el día, puras chinas (naranjas). Yo estaba enojada porque cada vez que iba estaba llorando», declaró.

«A nosotros nos avisó (de su muerte) el papá del paramédico, dicen que ya tenía una hora cuando fueron a decirnos. Yo no lo podía creer, no tenía mucho tiempo de haberme quitado de verla, me fui a las 9:20 y supuestamente falleció a las 9:30, eso dice el acta de defunción», relató.

Doña María y su esposo José Pascual fueron a la casa donde vivía su hija, ya habían llegado los elementos de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), de la Fiscalía General del Estado (FGE) y hasta la prensa, pues se enteró antes que la misma familia.

Los policías que resguardaban el predio no les permitían pasar, pero María logró colarse y vio a su hija dormida en la cama, está segura que no cometió suicidio. Esa misma noche le pidieron declarar para cerrar la investigación que se abre de oficio.

Pascual enfatizó que intentaron denunciar, ya que como hasta el día de hoy, están seguros de que fue feminicidio.

«Nos dijeron que no demandemos porque no procedería y no nos darían el cuerpo, tampoco nos leyeron que su cuerpo estaba lleno de golpes. Trajimos el cuerpo, lo velamos. Y entre todos los que vinieron ayudaron a acomodarla, vimos que tenía marcas de dedos a la altura del hombro y el pecho, tenía golpes en los pies y a un costado de la quijada», dijo don José.

Para Edwin y Damián está claro, su madre no se suicidó, la noche que se enteraron que estaba muerta no paraban de decirles a todos que Carlos mató a su mamá y que debería estar en la cárcel. Estos hermanitos vieron como él la golpeó salvajemente contra la pared.

Tal vez para las autoridades, como la FGE, el caso está cerrado. Pero, ¿quién acompaña psicológicamente a las familias después de un suicidio?, ¿qué hace el Estado para evitarlos?, ¿qué institución de Gobierno le preguntó a Edwin y Damián que sentían?,  ¿dónde estaban las demás instancias encargadas de cuidar del bienestar superior del menor?,  ¿quién orienta a las familias después de un suicidio?

A Lizlie le bastaron dos años para ser sometida a toda clase de violencia de género, sus hijos la defendieron a costa de su propio bienestar, ellos nunca la juzgaron ni pusieron en duda el amor que su madre sentía por ambos. Igual que sus hijos, ella tenía mucho miedo.

Y por si surge la duda, doña María y José Pascual intuían que algo no estaba bien, siempre ofrecieron su ayuda a Lizlie, pero no tenían conocimiento pleno de lo que vivieron sus nietos.

«Nos dijo Carlos que si le decíamos a alguien me pegaría más y cada vez que ustedes venían (sus abuelos) nos decía que usemos pantalones para que no nos vean los golpes, que si lo veían nos partiría otra vez la espalda con cable», señaló uno de los pequeños mientras abrazaba a don Pascual.

La verdad duele, en Yucatán es más fácil encarpetar la violencia que erradicarla. Su agresor sigue libre, nadie quiso escuchar a los niños y menos a la familia, los invitaron a no interponer una denuncia. Ojalá alguna autoridad respondiera ¿dónde está la justicia para Edwin y Damián?

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